Bofetadas contra Fox, Castañeda y México

Carlos Alberto Montaner

MADRID.- El asalto a la embajada mexicana en La Habana tiene todas las características de ser un montaje policíaco del gobierno cubano. A principios de los años noventa, el Ministerio del Interior hizo algo parecido contra las delegaciones de España y Checoslovaquia. Antes lo había hecho contra Perú. Conocí y conversé frecuentemente con los diplomáticos que tuvieron que enfrentarse a esos violentos episodios, y ninguno de ellos hoy tiene la menor duda de que estamos ante una maniobra similar.

¿Por qué Castro organiza estos shows? El objetivo general de la policía secreta cubana siempre es el mismo: crear una crisis diplomática en la que supuestamente los villanos son unos desagradables opositores al castrismo, generalmente bruscos e irrespetuosos. Y la razón por la que Castro desata estas operaciones de castigo también es siempre la misma: escarmentar al país que se acerca a la disidencia. Hacerle pagar un alto precio por su osadía. Fidel Castro quiso castigar al presidente Vicente Fox y a su ministro de Relaciones Exteriores, Jorge Castañeda, por las reuniones que sostuvieron con los demócratas durante la reciente visita a Cuba. Pero, al margen de este episodio concreto, La Habana despliega una estrategia muy clara para perjudicar a Jorge Castañeda dentro y fuera de México. Fidel Castro lo odia. No le perdona el abandono y denuncia de sus anteriores posiciones procomunistas. Se lo dijo a un político europeo con el que conversó tras el paso del presidente mexicano por La Habana: “Nuestro enemigo no es Fox. Fox es un infeliz bastante ingenuo. Nuestro enemigo es ese ‘muchachito’, Jorge Castañeda, traidor a las ideas revolucionarias, que ahora se cree que es el Tony Blair latinoamericano”. Lo de “muchachito” lo dijo —me cuentan— en el mismo tono despectivo con que hace unos años llamó “caballerito” a José María Aznar.

Los dos libros de Castañeda, “La utopía desarmada” y la “Biografía del Che Guevara” son anatema en Cuba. El primero, porque contiene una lúcida ruptura con el discurso de la izquierda radical al que Castro, indiferente a la realidad, no está dispuesto a renunciar. Y, el segundo, porque la objetividad de Castañeda al repasar la vida y la obra de Guevara convierte la obra en una crítica demoledora contra el aventurerismo revolucionario. O sea, Castañeda ataca las dos pasiones fundamentales que han dominado la vida de Castro: su visión tercermundista y su espíritu de cruzada. Por otra parte, Castro estaba convencido de que México era su aliado clave en la lucha contra el imperialismo yanqui, y desde el gobierno de Ernesto Zedillo se presentaban síntomas graves de una fractura de esta vieja alianza. Destruir a Castañeda o debilitarlo se convirtió por eso en un objetivo de la diplomacia y de los servicios de inteligencia de Cuba, dos organismos que van de la mano, o, como dicen los colombianos en una curiosa frase, “de pipí cogido”.

El otro disparo por elevación —apuntar a un sitio para hacer blanco en uno diferente— es la próxima reunión de Ginebra en que, de nuevo, se discutirá una moción en la que se pide a Cuba que permita que una misión de Naciones Unidas visite la Isla para investigar los cientos de denuncias que existen por violación de los Derechos Humanos. Castro quiere intimidar a México y al resto de los países latinoamericanos que forman parte de esa comisión para que no respalden la propuesta. México se abstuvo durante el último año del presidente Zedillo y volvió a abstenerse en el primero de Fox —un gran paso de avance tras una década de complicidad con la dictadura cubana en ese tema—, pero ahora corría el rumor de que México apoyaría resueltamente la propuesta. La hipótesis de Castro es que con este castigo los mexicanos no se atreverán a enfrentarse a su poderosa máquina de difamar y crear problemas.

No es fácil saber cómo responderá el gobierno mexicano a esta maniobra de castigo y escarmiento que acaba de infligirle Fidel Castro. En el pasado, a mi juicio equivocadamente, los gobiernos que han sufrido este tipo de agresiones —España, Checoslovaquia y Perú— han preferido mantenerse en silencio, ocultar los hechos y renunciar a cualquier tipo de nota de protesta y denuncia pública, pero con esa actitud sólo han conseguido que la dictadura cubana recurra una y otra vez al mismo procedimiento intimidatorio. Tal vez es hora de llamar a las cosas por su nombre y explicarle a Fidel Castro que él no puede impunemente utilizar métodos gangsteriles contra las naciones con las que su país mantiene relaciones. Hoy México tiene suficiente peso y credibilidad en el mundo como para darle una lección a Cuba. Ojalá lo haga. Si lo hace, tendrá el respaldo de una comunidad internacional, ya bastante harta de la incalificable conducta de Castro en el terreno diplomático. [©FIRMAS PRESS]

*www.firmaspress.com  

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