Emilio Alvarez Montalván
Asombra y consterna que después de dos años de violencia en el Oriente Medio no haya potencia ni organización mundial con poder y conmiseración necesaria para detener esa matanza. Resulta inútil señalar al culpable, porque tanto palestinos como israelitas, rivalizan en esa macabra competencia.
Empecemos preocupados porque tanto la Autoridad Palestina como el Estado de Israel parecen empeñados en expulsar de la región al otro o doblegarlo por hostigamiento. Olvidan que Naciones Unidas dispuso que ambos contendientes tienen derecho a quedarse en sus territoriales asignados, como Estados soberanos. En consecuencia, su única salida es aceptarse como vecinos, respetando las respectivas fronteras.
Es verdad que hubo atisbos de avenimiento como los Acuerdos de Camp David y otros, hasta firmarse en septiembre de 1993 la “Declaración de principios Israelí-Palestina”, que reconoció la beligerancia de los dos, el retiro progresivo de asentamientos judíos y reconocimiento del PLO como representante de Palestina. Ello valió a Yasser Arafat, Itzak Rabin y Shimon Pérez en 1994, el Premio Nobel de la Paz.
El asesinato de Rabin cambió esa política conciliadora, al llegar al poder en 1996 el sector duro, con Netanyahou y ahora Sharon. Desde entonces los extremistas de cada bando controlan la escena. Por un lado los terroristas de Hamas, Hezbollah y Dhijad mandan a jóvenes suicidas cargados de explosivos a matar judíos en lugares públicos, desoyendo el llamado de Arafat (Dic.-2001) de parar la violencia.
A su vez, el ejército israelí, con su poderoso y moderno armamento reacciona desproporcionadamente, efectuando “liquidaciones extrajudiciales” y “acciones punitivas colectivas” e incluso, confinando a Arafat en Ramallah.
Para complicar las cosas, el acto terrorista en New York, donde sacrificaron a 6,000 inocentes, ha provocado una suposición perturbadora. Nos referimos a la creencia que hay complicidad de la OPL en el derribamiento de las torres gemelas.
En realidad el enfoque correcto es diferente, pues la confrontación palestino-israelí enclavada en el costado del mundo árabe, incuba su propia dinamia o sea, un sentimiento de impotencia frente al desangre de un pueblo débil y hermano. Ello estimula la venganza irracional y terrorista de Ossama Bin Laden y asociados. Urge entonces liquidar ese foco de crónica frustración en el Oriente Medio, donde los radicales palestinos pretenden desconocer al Estado de Israel y los sionistas termocefálicos, a crear el “gran Estado israelita” a expensas de Palestina.
Ante esas metas irracionales, sólo los norteamericanos retirando su veto en el Consejo de Seguridad, permitirían que Naciones Unidas mande fuerzas a interponerse entre los adversarios, como hizo la Unión Europea en la ex Yugoslavia. El anuncio de Sharon de establecer una franja de distensión entre los adversarios, da oportunidad para ubicar ahí los cascos azules en vez del Ejército israelita, garantizando el cese al fuego que exige Sharon como condición para iniciar negociaciones de paz, algo que Anthony Zinnie, enviado de Bush, no ha podido conseguir.
El autor es analista político y miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA.