Sangre sucia y oficio abyecto

Carlos Alberto Montaner

MADRID.— La historiadora uruguaya Marta Canessa, mujer del ex presidente Sanguinetti, llegó a Madrid y echó un chorro de agua en el hormiguero. ¿Cómo? Con un libro excelente, El bien nacer, que presentó a bombo y platillo nada menos que Felipe González en la suntuosa Casa de las Américas. La obra es una investigación muy seria sobre la locura española de los linajes y la nobleza. Y tiene un subtítulo muy descriptivo: “Limpieza de oficios y limpieza de sangre: raíces ibéricas de un mal latinoamericano”.

La autora quiere explorar las razones profundas que explican el rechazo de los latinoamericanos al trabajo manual, esa preferencia por las artes y las letras en detrimento de actividades prácticas; la persistencia en nuestras repúblicas del concepto de abolengo y nobleza, elementos propios de las viejas monarquías; y el terco racismo que subsiste en nuestros pueblos, pese a los constantes ejercicios retóricos en dirección contraria. ¿Dónde se origina esta conducta? Naturalmente, en los valores, usos y costumbres transmitidos por los conquistadores españoles. Era perfectamente natural que si con ellos llevaban un idioma, una religión, una forma de construir ciudades o de edificar viviendas, iglesias y fuertes militares, también transportaran sus formas de organizar las jerarquías sociales, sus filias, sus fobias, sus prejuicios y supersticiones, en suma: su cosmovisión. Pedirles otra cosa era absurdo: los españoles, espontáneamente, aportaron a América todo lo bueno y lo malo que tenían, sabían o ignoraban, y los latinoamericanos, como reciben de sus padres la estatura, el talento o la bizquera, así fueron formando sus sociedades, sin una conciencia clara de todo el rico, complejo y claroscuro legado con que se iban modelando sus espíritus.

Es importante entender esto porque la reacción primaria y desenfocada de algunos lectores de este libro —o de otro mío en la misma exacta dirección, Las raíces torcidas de América Latina— es acusarlo de “antiespañol”, y nada más lejos de la verdad. La historiadora Canessa, seguramente con gran dolor de su alma, porque sólo se estudia con tanto rigor lo que se ama, se enfrenta a una evidencia histórica y la consigna: durante siglos los españoles consideraron “oficios viles” casi todas las actividades manuales. Hubo épocas en las que los señoritos nobles se vanagloriaban de ser analfabetos. Los asuntos comerciales les resultaban repugnantes porque eran cosas de judíos y marranos, y viceversa, pues se trataba de una perversa tautología: los judíos y marranos —los que se habían convertido al cristianismo— eran execrables porque manejaban y multiplicaban esa cosa tan sucia que es el dinero. A fines del siglo XVIII, el buen rey Carlos III, amante de la Ilustración aunque él prefiriera la caza a los libros, decretó el fin del carácter deleznable de los oficios manuales, pero sobre costumbres resulta muy difícil legislar: la polémica duró casi un siglo, y las secuelas de estas actitudes todavía subsisten a los dos lados del Atlántico. Cuando en una familia de clase media iberoamericana un muchacho decide ser tornero o dedicarse a la carpintería, sus padres y familiares se visten de luto, se cubren la cabeza de cenizas y le insisten en que estudie Derecho, porque en la vida es muy importante ser abogado.

En todo caso, el libro de Marta Canessa llega a España en un momento muy delicado. El príncipe Felipe, el heredero de la Corona, buscaba novia, y eso no constituía un problema hasta que la encontró. En el momento en que apareció una muchacha noruega, bella como el sol, pero plebeya y modelo, se dispararon los viejos prejuicios españoles contra la sangre “sucia” y el oficio “vil”. ¿Cómo el Príncipe, tan alto, tan guapo, tan noble, de la exclusiva estirpe borbónica, se iba a casar con una doña nadie que, además, se ganaba la vida exhibiendo ropa, interior y exterior, sobre su exagerada anatomía escandinava? Aparentemente, según las encuestas, ese era el razonamiento popular. A poca gente les interesaban los sentimientos de este par de muchachos tristes y enamorados. Y menos gente aún se percataba de que la monarquía moderna, desde que fue borrada la peregrina idea de que constituía una institución de origen divino —“rey por la gracia de Dios”—sólo se trata de una convención formal para facilitar la convivencia pacífica de ciertas sociedades que valoran positivamente esta antiquísima y a veces útil institución.

No hay nada en la familia de los Borbones que no comparezca en la de los Pérez o los Martínez: los hay buenos, malos, locos, castos, lujuriosos, inteligentes y cretinos, exactamente igual que en la de cualquier árbol genealógico que coloquemos bajo la lupa, y nada hubiera ocurrido en la familia real ni en la institución monárquica por el advenimiento a su seno de la hermosa chiquilla noruega, salvo una reducción notable de los riesgos de transmitir hemofilia u otras enfermedades hereditarias a los descendientes, azote que castiga con más fiereza a quienes cometen el error biológico de reducir excesivamente su círculo de apareamiento, como suele suceder con la nobleza más exclusiva.

Por lo pronto, el libro de la historiadora Canessa vuela de las librerías españolas. Ya es todo un síntoma de que las cosas cambian: escribir también era un oficio sospechoso hasta no hace mucho. Las personas decentes no solían hacer una cosa tan vulgar. [©FIRMAS PRESS]

*www.firmaspress.com  

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