Prioridades torcidas de las Naciones Unidas

Henry I. MillerAIPE

STANFORD, CALIFORNIA.- El Programa Ambiental de las Naciones Unidas anunció una iniciativa de 38 millones de dólares para ayudar a los países en desarrollo a establecer una infraestructura local para examinar productos biotécnicos o de modificación genética. Este programa de tres años logrará, según su director, “alcanzar la capacidad de evaluar los riesgos, establecer sistemas adecuados de información y desarrollar la experticia de recursos humanos en el campo de la seguridad biotécnica”.

El alcance en sí del programa ya es sumamente problemático, pero además los países para los que se desarrolla el programa no tienen ningún tipo de regulaciones de las actividades que se conocen como de alto riesgo, tales como el transporte público y los accidentes de trabajo en las fábricas, mientras que sus presupuestos de sanidad son ínfimos comparados con las necesidades de la población.

En muchos países tropicales no es raro encontrar a soldadores y operadores de equipos peligrosos que no utilizan protección alguna. Al mismo tiempo, enfermedades como la tifoidea y la malaria que han sido prácticamente erradicadas en los países industrializados, siguen azotando a poblaciones de países subdesarrollados.

Sin embargo, las Naciones Unidas piensa que esos países pobres lo que más necesitan son burocracias capaces de analizar y evaluar cosechas genéticamente modificadas. Según Calestou Juma, director del Programa de Ciencia, Tecnología e Innovación de la Universidad de Harvard, “eso equivale a ofrecer lecciones de natación a los habitantes del desierto de Sahara”.

De esa manera, las Naciones Unidas le dan la espalda a un principio básico de las regulaciones, en el sentido que el seguimiento de un producto o de una actividad debe tener una relación directa con el riesgo. De hecho, la ONU enfoca los problemas de manera opuesta, de forma que la regulación es inversamente proporcional al riesgo involucrado en la actividad que se supervisa.

La única explicación de tan ilógico programa de la ONU es que de esa manera trata de lograr adeptos a su poco científico protocolo de bioseguridad de Cartagena. Ese instrumento regulador se basa en el espurio “principio de precaución”, el cual determina que la seguridad de toda nueva tecnología tiene que comprobarse antes de poder utilizarse y, en el caso de la biotécnica, antes de que pueda ser examinado. Como nada puede comprobarse que es 100 por ciento seguro, el principio de precaución crea inmensos obstáculos al desarrollo de todos los productos nuevos. Ese tipo de “precaución” transfiere el cargo de la prueba del regulador —quien antes tenía que demostrar que la nueva tecnología causa ciertos y determinados daños— al innovador, quien de antemano debe demostrar que no causará ningún daño.

El resultado es que en lugar de estar avanzando en la creación de sistemas transparentes y científicamente acertados para protegernos de riesgos verdaderos, el protocolo de bioseguridad ofrece un mal definido proceso de regulación mundial que le permite a reguladores temerosos de asumir ningún riesgo, como también a los incompetentes y corruptos, el fácil y seguro escondite del “principio de precaución” para retrasar o posponer la aprobación.

Ya estamos sufriendo ese tipo de abuso oficial, como por ejemplo en la decisión del gobierno alemán de bloquear el cultivo comercial de maíz genéticamente mejorado y resistente a los insectos, desarrollado por la empresa Novartis. Funcionarios italianos también se han acogido al “principio de precaución” para prohibir las pruebas en las cosechas y el consumo de alimentos genéticamente modificados.

Esto trasladado a los países pobres será una invitación a la incoherencia, al capricho y a la corrupción desbocada. Y como anzuelo, la ONU ofrece pequeñas donaciones a esos países, con lo cual se condena a esas naciones a ser dejadas atrás en la revolución biotécnica.

Los funcionarios gubernamentales de los países que instrumenten esas políticas promovidas por la ONU impedirán que sus conciudadanos se beneficien de adelantos tecnológicos, condenándolos al atraso y al subdesarrollo. Ésa es la misma gente que se queja y se da golpes de pecho por las grandes desigualdades en los ingresos en el mundo moderno, mientras utilizan sus cargos oficiales para asegurar que su gente nunca saldrá de la miseria.

Médico y biólogo investigador del Hoover Institution, Universidad de Stanford.

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Editorial
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