Luis Sánchez [email protected]
En la edición de la prensa del sábado 16 de febrero, se publicó una carta del señor Emilio Montes bajo el título “La foto presidencial”, en la que se pregunta si hay alguna ley que obligue a colgar la foto del Presidente de la República en las oficinas públicas. Opina el señor Montes que colgar la foto del Presidente en las paredes de las oficinas gubernamentales significa un gasto innecesario, además de que se fomenta el culto a la personalidad. Y concluye con que el escudo y la bandera nacional son los únicos símbolos que se deberían poner en las oficinas gubernamentales.
Estoy de acuerdo con el señor Montes. Y que yo sepa, no hay ninguna ley que obligue a colgar el retrato oficial del Presidente en las paredes de las oficinas públicas. Es una costumbre importada, que viene de la antigüedad, cuando al poder se le atribuía un carácter divino y a los gobernantes había que rendirles culto, como a deidades.
Me parece que el primer gobernante, o uno de los primeros que se mandó a hacer un retrato —tallado en piedra— para que fuera venerado por sus súbditos, fue el rey Kefrén, quien gobernó en Egipto hace más de cinco mil años y se hizo considerar por el pueblo como un dios. En contraste, los gobernantes griegos de los tiempos de las narraciones homéricas eran muy modestos. El “palacio” del rey no se diferenciaba mucho de las demás residencias. Las princesas cocinaban y lavaban la ropa de la familia. Los reyes araban la tierra, construían casas y se dedicaban tanto al arte militar como a las actividades culturales. Sólo a las diosas y dioses les hacían retratos, sobre todo esculturas.
Igualmente en Roma, en el comienzo de su antigua civilización los gobernantes tenían costumbres sencillas y la gente los respetaba, no los temía ni los adoraba. Pero cuando se impusieron los emperadores éstos se divinizaron como los faraones de Egipto, y sus imágenes, pintadas o esculpidas, eran colocadas obligatoriamente en todas partes, para que fueran veneradas.
Tiempo después, ya en la era cristiana, bajo las monarquías absolutistas europeas se creía que el poder político era una manifestación de la voluntad de Dios, y las reinas y reyes se hacían rendir culto, directamente o por medio de sus retratos. Y así llegamos a los tiempos modernos, cuando se conserva en cierto modo el sentido mágico del poder, sobre todo en los países de cultura política atrasada, donde “es prácticamente obligatorio —aunque no legal— poner el retrato oficial del gobernante en las dependencias públicas.
Sin embargo, también hay personas que creemos que eso es una vanidad del poder que no debería tener cabida en la sociedad moderna y democrática. Inclusive hay quienes se burlan de eso. Recuerdo al respecto una historia moscovita, de los tiempos de la extinta Unión Soviética. Un día de octubre de 1964 el líder comunista Leonid Brezhnev derrocó al otro líder comunista, Nikita Jruschov. Al día siguiente no había ninguna información, sólo rumores contradictorios. Entonces un desconcertado burócrata decidió mantener colgado el retrato de Jruschov en la pared de su oficina, pero por si acaso colgó también, al lado, el de Brezhnev. Al rato entró uno de los jefes, miró los retratos e increpó al confundido burócrata:
–”¿Por qué tienes allí la foto de ese hijo de…?”-.
-”¿Cuál de los dos?”-, balbuceó el aturdido empleado público.