El medallón, el busto y el caballo

Julio Ruiz Quezada

Transcurría el año de 1952 cuando fuimos sorprendidos en esta apacible ciudad de Matagalpa, por la visita que nos hicieron al Instituto Nacional del Norte, un grupo de estudiantes universitarios que nos solicitaban solidaridad con motivo de la huelga iniciada en la ciudad de León, como protesta ya que las autoridades de la universidad nacional habían incrustado en la pared occidental del Paraninfo, un medallón con la cara del dictador Anastasio Somoza García, con el que se sustituía uno igual para el máximo exponente de la poesía nacional: Rubén Darío.

De inmediato respaldamos la petición de los universitarios y nos declaramos en huelga, lo mismo que los otros institutos del país. En León hubo manifestaciones y violencia y el dictador se vio obligado, cincel en mano, a retirar el medallón que inmerecidamente había sido colocado en el más importante salón del recinto universitario.

Llegado a la universidad el siguiente año fui a conocer el paraninfo, creyendo que las autoridades universitarias habían colocado el medallón en honor al poeta y para mi sorpresa, sólo estaba el hueco en la pared y cuando egresé de la universidad, que aún no era autónoma, el medallón para Rubén Darío no había sido colocado.

La reciente inauguración en Ciudad Darío de un busto dedicado por el alcalde de la ciudad al diputado Arnoldo Alemán, me trajo al recuerdo los sucesos del medallón y la existencia de funcionarios a veces hasta hombres probos, que con sus acciones contribuyen a exaltar la figura de los dictadores. El Dr. Arnoldo Alemán ex presidente de Nicaragua, y actual presidente de la Asamblea, es indudablemente un hombre público, pero en ninguna forma puede ser un hombre ilustre y merecer una estatua o un busto, para que sirva de ejemplo a las futuras generaciones.

También recordé que en la era democrática que se inició con el gobierno de doña Violeta fue elegido alcalde de Ciudad Darío don Francisco Trujillo, quien tenía la ilusión junto con otras personalidades, de construir un paseo que uniera la ciudad con la Carretera Panamericana, esa idea la escuché también del eminente dariano, profesor Héctor Darío Pastora, quien ha dedicado su vida a enaltecer la obra del poeta no sólo en Nicaragua, sino en otros países del continente. Los mencionados y otros soñadores hablaban de que el acceso de entrada se llamaría “El Paseo de los Poetas” y que iban a dedicarse secciones a cada uno de los más destacados poetas del país. Habría una sección para Alfonso Cortés, su busto y un verso de su poema “Ventana”; “Un trozo de azul tiene mayor intensidad que todo el cielo”; otra sección dedicada a Pablo Antonio Cuadra y un trozo de su poema, “El Jenízaro”; “Árbol ganadero escrito en los pastizales como una Mayúscula agria”; una sección dedicada a Salomón de la Selva conteniendo estrofas de su “Oda a Píndaro” y así sucesivamente secciones para otros poetas, incluyendo a Guillermo Rothschuh Tablada quien definiera con realidad poética, al antiguo nombre de Ciudad Darío, cuando escribió: “Chocoyos”, “Bandada de clorofila”, todo para rematar con la sección dedicada a nuestra máxima gloria y héroe nacional Rubén Darío con un poema a seleccionar por los intelectuales del país o por la propia población que lo vio nacer.

El servilismo al poder y el ego del ex gobernante, cambió los planes y Ciudad Darío perdió la oportunidad de ver realizados sus sueños culturales.

También recordé, que esos monumentos no perduran y que tal vez el Dr. Arnoldo Alemán no sea capaz de concebir siquiera la falsa humildad de Somoza García e ir con un cincel a decapitarse en pública ceremonia y que por lo tanto pueda ocurrir como ocurrió en 1979, que sea el pueblo quien se encargue de derribar estatuas y monumentos no merecidos, como lo vimos con el monumento a don Luis Somoza o con el derribamiento de la estatua ecuestre de Somoza García, conocida popularmente como la “Estatua del Caballo” frente al Estadio, que llevaba su nombre y fue el pueblo el que se encargó de derribarla.

No sé si existe o existió una ley que prohibía las estatuas o monumentos dedicados a personas vivas, su objeto era impedir el culto a la personalidad y el servilismo de algunos que quisieran hasta crear órdenes y medallas para colgarlas del pecho de sus caudillos.

El autor es dirigente conservador.  

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí