Una deuda con Rubén Darío

Flavio Rivera [email protected]

En el prólogo a la cuarta edición de “La dramática vida de Rubén Darío”, el distinguido maestro don Edelberto Torres Espinoza hace referencia al drama salvaje del que somos víctimas los nicaragüenses todos, la indiferencia por la cultura; y presenta el caso patético de la obra de Rubén Darío, y de los escritos y cartas que en manos de doña Francisca Sánchez del Pozo, madre de uno de los hijos del poeta, se ofrecían al Gobierno de Nicaragua por la “inconmensurable” suma de US$500.00; la ofreció el autor del libro “El Archivo de Rubén Darío”, Alberto Ghiraldo, al presidente de entonces, 1939-1940, el general Anastasio Somoza García.

Los esfuerzos fueron en vano. Pero se les ocurrió una idea mucho mejor que la anterior. Le ofrecieron los “papeles” al gobierno español, el cual, sin pensarlo dos veces, no solamente no los compró, sino que se comprometió a asegurarle una vejez digna a quien fue compañera cariñosa y leal al “Padre del Modernismo” y “Príncipe de las Letras Castellanas”, y madre de uno de los hijos de Rubén Darío. Es así que doña Francisca Sánchez del Pozo vivió su tercera edad en un apartamento y con una pensión digna, a cargo del gobierno español. ¡Qué diferencia con la actitud de los politiqueros criollos, nativos indignos de la patria de Rubén Darío, quien es orgullo no sólo de Nicaragua sino también de España, Argentina, Chile, Colombia…. del mundo hispanoamericano en general.

Y es comprensible, pero inaudito, que nuestros presidentes no le pongan cuidado a los tesoros invaluables de la nación, precisamente por eso, porque son invaluables, porque no tienen precio, y a ellos —a los gobernantes— sólo les interesa lo que tiene precio y es materia convertible en dólares contantes y sonantes. Las glorias literarias no les producen nada material porque son intangibles y etéreas, según su mundo interno mental y metal.

A Rubén Darío nunca los políticos o gobernantes le aquilataron su verdadero valor. Ellos pasaron a la historia como lo que fueron, sin pena ni gloria; en cambio, de Rubén Darío aún estamos disfrutando su legado cultural en ambos lados del Atlántico. Y como nunca lo estimaron, tampoco lo consideraron ni a la hora de pagarle sus honorarios, de lo que le quedaron debiendo 45,000 francos, según atestigua una carta sin fecha enviada a don Pedro Rafael Cuadra (padre de don Orlando Cuadra Downing), que fue publicada por su hijo en la Revista Conservadora No. 65, de febrero de 1966.

Esa deuda se acumuló desde los tiempos de otro general (de los mismos que pululan el erario), el autor de la Constitución “Libérrima”, José Santos Zelaya, hasta la fecha del 21 de diciembre de 1914, según constató Orlando Cuadra Downing. No se sabe si la deuda fue pagada o no, pero esto es irrelevante. Lo importante del caso es la actitud de los gobernantes que hasta la fecha no se han preocupado por la vida de los descendientes de Rubén Darío (de los que viven en Ciudad Jardín, en Managua), quienes deberían ser considerados como un tesoro nacional y facilitarles su existencia, y sobre todo a sus descendientes infantes procurarles la mejor educación para que lleven dignamente y representen con altura el apellido de Darío.

Y esto no es en pago de los 45,000 francos, sino por la deuda que Nicaragua tiene con Rubén Darío, una deuda impagable. Sin embargo, en Nicaragua existen los fondos suficientes como para hacer millonarios o nuevos ricos a una pacotilla de politiqueros, lacras sociales que han destruido todo de lo que un pueblo puede sentir orgullo, y quienes solamente nos han dejado la “gloria” de ser los reyes de la corrupción y la pobreza.

Espero que las promesas del nuevo gobernante se hagan realidad y que sea consecuente con lo que dice ser, con lo que dice que piensa hacer, y con lo que aparenta ser. Sirvan, pues, estos datos, para el departamento de cobranzas de cuentas que debemos sacar al sol durante cada campaña electorera.

Veremos si en este febrero, mes en que se conmemora el fallecimiento de Rubén Darío, renace la conciencia, la dignidad y la sensibilidad en los gobernantes; y fallecen la indiferencia y la ignorancia con las que han tratado nuestros valores culturales.

El autor es miembro del Instituto Cultural Rubén Darío  

Editorial
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