El objetivo fundamental del paquete legislativo que el presidente de la República presentó ayer ante la Asamblea Nacional, es cumplir requisitos del ESAF y avanzar en el objetivo de ingresar el país a la HIPC. Pero también tiene el propósito de impulsar la renovación moral en la Administración Pública que ha prometido el presidente Bolaños.
En realidad, de aprobarse la reforma legal que propone el presidente Bolaños para promover la integridad moral en la función gubernamental y tipificar delitos de corrupción como el enriquecimiento ilícito, tráfico de influencias, fraude, colusión, cohecho, etc., pero sobre todo si esas leyes se pudieran aplicar, prácticamente habría en Nicaragua una revolución moral.
Sin embargo, la verdad es que no es por falta de leyes que hasta ahora no se ha castigado la corrupción. Es porque no ha habido voluntad de aplicar las disposiciones del Código Penal contra los abusos en la Administración Pública, y porque más bien durante el gobierno anterior se oficializó la corrupción mediante un pacto entre el PLC y el FSLN, de consecuencias devastadoras para la institucionalidad del Estado y la moralidad de la nación.
En realidad, lo que se propone o desea hacer el presidente Bolaños para sanear los poderes públicos sólo sería posible si se pudiera cambiar a los magistrados, contralores y fiscales, e inclusive a la mayoría de los diputados a la Asamblea Nacional. Pero, no sería realista esperar que se pudiera destituir a todos los funcionarios partidistas o corruptos que controlan los poderes del Estado, cuya permanencia en los cargos no depende del Presidente de la República. De manera que el presidente Bolaños tendrá que limitarse a hacer lo que está a su alcance, o sea, cumplir su palabra de luchar contra la corrupción sirviendo él mismo como un ejemplo de honestidad absoluta en el ejercicio del poder.
En el discurso de inauguración del curso escolar de este año, que pronunció en una escuela de Masaya el recién pasado 28 de enero, el presidente Bolaños dijo que: “No hay mejor argumento de persuasión que el buen ejemplo. Los padres de familia son los primeros obligados a dar ese buen ejemplo”. Es correcto. Y esa misma regla es aplicable a los gobernantes, de modo que en la medida en que el presidente Bolaños sea incorruptible los demás funcionarios tendrán que seguir su ejemplo, o ser destituidos, y si es preciso ser procesados y hasta ir a la cárcel.
Tal es el caso de la directora de Ingresos, que cometió el grave error de asinarse un adelanto de 90 mil córdobas antes de una semana de estar en el cargo, y a quien el presidente Bolaños debió destituir o pedirle la renuncia. Y, así mismo, debe rechazar el “regalo” de empresarios privados en la construcción de una calle y algunas instalaciones que supuestamente son necesarias para su seguridad personal y para atender a quienes llegan a buscarlo con múltiples peticiones. Lo cierto es que esa gente no llega a buscar a Enrique Bolaños, sino al Presidente de la República, y por lo tanto es en instalaciones oficiales de la Presidencia que debe ser atendida.
Por otro lado, el presidente Bolaños no necesita leyes nuevas para prohibir las dietas de los funcionarios públicos y la aceptación de regalos de particulares; para impedir el nepotismo, separar los intereses públicos de las conveniencias partidistas, prevenir el tráfico de influencias, hacer públicas las declaraciones patrimoniales de los funcionarios del Ejecutivo, fortalecer la capacidad de investigación de la Procuraduría General de la República, llevar a los tribunales a los malversadores y otros culpables de delitos en el ejercicio de la función pública, etc., etc.
Todo eso lo puede hacer el Presidente de la República, siempre y cuando quiera hacerlo y esté dispuesto a enfrentar a los guardianes de la corrupción que están enquistados en las diversas instituciones del Estado. Y estamos seguros de que en ese empeño el presidente Bolaños tendrá el respaldo de la inmensa mayoría de la población.
Como es bien sabido, al contrario de las revoluciones sociales que invariablemente comienzan desde abajo, las revoluciones morales se inician siempre desde arriba. Dependen de que un líder predique con el ejemplo, que gobierne de manera decente, que persiga y castigue la corrupción, o cuando menos que la denuncie y la desenmascare.