Emilio Alvarez Montalván*
Es lamentable que los países centroamericanos después de 175 años de lograr su independencia y estando comprometidos con la integración regional, siguen sin arreglar sus desavenencias fronterizas. Esta situación produce una permanente tensión en el área y atraso en el desarrollo del mercado común.
Así, por ejemplo, hace más de un siglo Honduras y Nicaragua ratificaron el Tratado Gámez Bonilla… y en consecuencia, nombraron una comisión mixta que fijaría la frontera. Curiosamente el dictamen unánime (junio 1900) de los peritos sólo comprendió el trayecto que va del portillo de Teotecacinte al Oeste hasta el Pacífico, pasando por El Amatillo, y dividiendo en su recorrido y por partes iguales, las aguas del Golfo de Fonseca, hasta rematar en el punto medio de una línea virtual que une la porción más sureña de la isla del Tigre (hondureña) con el lugar más septentrional de la Península de Cosigüina (Nicaragua), llamado Monney Penny.
En cambio, en el tramo que parte de Teotecacinte al Este y termina en el Atlántico, los peritos disintieron, remitiendo la controversia a un árbitro internacional, cuyo fallo fue desfavorable a Nicaragua en dos ocasiones. Señalemos de paso que el Golfo de Fonseca, si bien es una bahía histórica, no es un condominio, pues cada país ribereño firmó un Tratado de límites con su vecino.
Lo generoso de nuestro gobierno de entonces fue que, a pesar de haber ganado la guerra contra Honduras en 1893 y ocupar Tegucigalpa con tropas comandadas por el Gral. Anastasio J. Ortiz, no abusó de su posición de fuerza, tanto más que el entonces presidente hondureño Policarpo Bonilla había sido impuesto por su correligionario, el dictador nicaragüense José Santos Zelaya. De ahí que, en vez de fijar “manu militari”, la línea divisoria entre los dos países, integró la referida comisión, inspirado en sentimientos fraternos y justos.
En todo caso, figuraron como topógrafos designados por Nicaragua, el general Alfonso Valle y el ciudadano alemán Emilio Mueller, quien más tarde fuera coautor del primer mapa mural moderno de Nicaragua, por cierto impreso nítidamente en París.
A pesar que hubo posteriormente varios esfuerzos infructuosos por implementar el dictamen pericial de 1900, no fue sino hasta 1998 cuando los cancilleres, arquitecto Fernando Martínez, de Honduras, y el que estas notas escribe por Nicaragua, que se acordó situar cuanto antes las boyas indicadoras en el Golfo de Fonseca, la frontera marítima. Esas guías flotantes provistas de celdillas fotoeléctricas, activadas por la energía solar, servirían de puntos de orientación durante la noche, en beneficio de los navegantes.
Más aún, la dos cancillerías mencionadas obtuvieron de China Taiwan, y como una contribución de ese país a la paz regional, la donación de medio millón de dólares que fueron depositados por mitades en los Bancos Centrales respectivos. Esa suma serviría para financiar el costo de las boyas, su instalación y los necesarios estudios océano-hidrográficos realizados por el Ineter bajo la dirección del Ing. Claudio Gutiérrez, por cierto ya dictaminados.
Con ese apoyo los ministros de RR.EE. de Honduras y Nicaragua viajaron el 25 de mayo de 1998 al Golfo para presenciar la instalación oficial de la boya maestra, que llamaron Rosalpina, en honor de una distinguida dama hondureña que vivió en Nicaragua. Lo único que falta es la licitación para escoger al vendedor de las boyas restantes y ubicarlas, completando así el marcado limítrofe.
Para finalizar, recalquemos que después de una centuria, aún no se sitúan los puntos de reparo en el golfo mencionado. Tratándose de una zona donde no hay disputa, ayudaría esa tarea compartida a distensionar las relaciones entre vecinos, mientras los fanales permanentes facilitarían la labor de vigilancia de las respectivas fuerzas navales.
*El autor es analista político.