Julio I. [email protected]
La democracia es caracterizada por reglas fundamentales, como la oportunidad equitativa de competir en el marco institucional y que los llamados a elegir, tengan alternativas para escoger, para lo cual son indispensables garantías de libertad de expresión, de asociación, y de tomar decisiones.
El 11 de septiembre 2001, en Lima, Perú, la asamblea de la Organización de Estados Americanos aprobó la Carta Democrática Interamericana, reconociendo que la democracia representativa era indispensable para la estabilidad y el desarrollo de la región, como parte de sus propósitos para consolidar la democracia.
Pero la OEA no estableció para mayor credibilidad, ni condiciones, ni definición de democracia representativa, porque lo que hizo una vez más, fue pronunciarse a medias, dejando lagunas que convierten al sistema en simple observador de las inestabilidades.
La Carta como reacción al autogolpe de Fujimori en Perú en 1992, cuando disolvió el Congreso y el Poder Judicial, fue propuesta y aprobada hasta el 2001, cuando éste ya había abandonado Perú, después de hacer lo que le dio la gana.
Existen dudas sobre la sinceridad de los miembros de la OEA, los gobiernos, al aprobar resoluciones que no pasan de ser declaraciones de principios sin contenidos, pues ningún gobierno aprobará nada que en el futuro podría afectar a los gobernantes.
Analizando la Carta concluimos:
1) que califica una elección presidencial por medio de votación libre, como una certificación democrática definitiva, es decir, reducen la democracia al tecnicismo electoral;
2) que los gobernantes electos representados en la OEA, solamente tratan de prevenir golpes militares internos.
La Carta no establece condiciones, ni una norma descriptiva de conducta, para darle categoría de demócrata a un gobernante electo por el voto popular una vez en el ejercicio del poder. La experiencia demuestra que algunos, manipulando los mecanismos a su disposición, manosean la democracia, como Fujimori en 1992, o como en la actualidad Chávez en Venezuela, o Arnoldo Alemán en Nicaragua, quien forcejeando la legitimidad del voto de 1996, una vez Presidente, armado de su inmunidad, abusó utilizando fraudulentamente los principios de la representación, ya que la naturaleza democrática, impone una relación de representación otorgada por el pueblo, al punto que, por sí y ante sí, negoció una diputación, desvirtuando lo más fundamental de la representación política, para seguir controlando las riendas del Estado, por medio del Poder Legislativo, el que preside sin derecho por ser diputado designado, no electo, además de otra diputación en el ineficaz Parlacén.
El sistema de la OEA, y de otros organismos regionales, es obsoleto, infructífero, y contradictorio, pues no da respuesta justa, clara y firme a las interrogantes que producen inestabilidad política por los abusos de los mecanismos democráticos. Además es parcial, pues representa únicamente a los gobernantes de turno. Estamos de acuerdo en rechazar el populismo directo, pero no se puede dejar a los pueblos sin representación, indefensos y sin voz ni voto, frente a los abusos de gobernantes o regímenes inescrupulosos, que se eternizan en el poder a manotazo limpio.
La OEA y su actual sistema, más bien facilita y protege la agresión interna contra la soberanía del pueblo. La Carta ignora que la manifestación honesta de la voluntad general ciudadana, ha sido utilizada más de una vez, para conculcar los derechos individuales y secuestrar a naciones, y que en nombre del pueblo se han cometido grandes crímenes. Es tiempo de una reforma modernizante radical del sistema interamericano.
El autor es ex ministro del Trabajo.