Escritores, cultura y políticos

Ayer se conmemoró el 135 aniversario del natalicio de Rubén Darío (1867-1916), y se celebró el Día del Escritor Nicaragüense. Con ese motivo las autoridades culturales celebraron el festejo dariano tradicional y el Centro de Escritores hizo un reconocimiento público a destacados literatos y literatas de Nicaragua.

En realidad, el 18 de enero es el día de todos los intelectuales y creadores culturales de Nicaragua, pues Rubén Darío no sólo es pedestal de la literatura nicaragüense sino también piedra angular y figura emblemática de toda la cultura nacional. O sea que éste debería ser el Día de la Cultura Nicaragüense.

Se sabe que la cultura es un todo multifacético que abarca los diversos conocimientos, creencias, creaciones literarias y artísticas, valores morales, principios jurídicos, costumbres, tradiciones familiares y nacionales, y los hábitos adquiridos por las personas en el transcurso de su vida individual y convivencia social. Además, incluye la experiencia política, el modo de funcionamiento de las instituciones y los frutos y las tecnologías de la producción económica.

La cultura, aseguran los expertos, hace posible la convivencia e interacción de los valores comunes que convierten a las personas en ciudadanos de pleno derecho, con capacidad de expresarse, comunicarse y disfrutar estéticamente por medio de las manifestaciones artísticas plurales. Al respecto es muy importante tener en cuenta, que así como la convivencia democrática se debilita inevitablemente cuando no hay una satisfacción aceptable de las necesidades sociales, del mismo modo si no hay una cultura libre y floreciente que acompañe la práctica de la democracia, ésta se vuelve extremadamente frágil y se corre el peligro de que regresen, convertidos en realidad, los espantos de la dictadura personal, el autoritarismo político y la intolerancia cultural que no hace mucho tiempo y con grandes sacrificios excluimos al menos formalmente de nuestra sociedad. Sin embargo, esos ominosos fantasmas merodean en la conciencia y la memoria histórica de los nicaragüenses, y se encarnan en figuras políticas que son despreciadas por la inteligencia pero exaltadas por la insensatez de los corruptos, como es el bochornoso caso de la presidencia caciquista de la Asamblea Nacional impuesta esta semana.

Precisamente por eso, se deberían promover actividades orientadas a fortaler los fundamentos culturales de la sociedad, como por ejemplo, auspiciar la divulgación de las obras literarias nacionales y fomentar el hábito de lectura entre la población, particularmente entre los estudiantes. Al respecto podría aprovecharse la experiencia española (sobre la que escribió el 14 de enero uno de los jefes de información de LA PRENSA, Douglas Carcache, en su columna semanal de los lunes), de que los escritores se presentan en las escuelas e institutos para explicar sus obras y discutir con los estudiantes sus contenidos y significaciones culturales. De esa manera las y los jóvenes se interesan y entusiasman por la literatura y la lectura, se identifican con los escritores, y en consecuencia, se divulgan más los libros y se fortalece la formación cultural de la juventud.

Por otro lado, en todas partes del mundo —y Nicaragua no es la excepción— los creadores culturales y los escritores en particular, toman partido en los grandes debates políticos de la sociedad, y en muchos casos lo hacen a favor de proyectos totalitarios que enmascaran sus verdaderos y aviesos propósitos con deslumbrantes y pomposas promesas de justicia, igualdad y felicidad social. Pero también muchos de ellos se alinean en la defensa de la libertad y la dignidad individual, como lo hizo el gran poeta nacional recientemente fallecido, Pablo Antonio Cuadra Cardenal.

En todo caso, precisamente porque trabajan con ideas y principios, los escritores y demás hacedores de cultura, que por cualquier razón se comprometieron con proyectos totalitarios, tienen más capacidad de rectificación y sus opiniones son escuchadas por la sociedad, porque son identificados con una forma honesta de vivir en contraste con la corrupción y la mezquindad de los políticos profesionales, sin perjuicio de las honrosas excepciones como los cinco diputados que esta semana enfrentaron a la aplanadora corrupta y autoritaria del ex presidente Arnoldo Alemán.

Sin dudas de ninguna clase que lo que Nicaragua necesita es tener más intelectuales y menos políticos profesionales, que por desgracia son un mal inevitable de la sociedad.  

Editorial
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