Alvaro Cruz [email protected]
Llegué el 31 de octubre por la noche a Managua. En medio de los temores y tensiones previos a las elecciones presidenciales del 4 de noviembre. Me sentí intimidado.
Piquetes de turbas sandinistas me rodeaban en cada semáforo, exigiéndome votar “en la casilla 2” y obligándome a aceptar toda la propaganda que ellos ofrecían.
“¡Qué barbaridad!”, pensé “¡No hemos cambiado nada en diez años!”.
Y es que la presencia de esas turbas “entonces pintadas de rosado chicha” me hizo recordar aquellos turbulentos años 80, cuando don Miguel, el del CDS de mi cuadra, nos obligaba a informarle sobre cada visita que teníamos y se asomaba por el patio para tratar de oír qué radio escuchábamos.
Y también me hizo recordar los turbulentos años 90. Ya siendo periodista, en los semáforos de LAFANISA, protegiéndome debajo de una pala mecánica, de los balazos de manifestantes sandinistas en una lluviosa tarde en la que asesinaron al entonces jefe policial, Saúl Álvarez.
Y un Daniel Ortega incitando a la violencia. O un escurridizo Humberto Ortega, rodeado de aquellos guardiones que hoy se cobijan de civil: Joaquín Cuadra, Lenín Cerna, Álvaro Baltodano, etc.
La mañana del domingo 4 de noviembre fui a votar. Estaba decidido a votar, aun viviendo en el exterior y gastando de mi bolsa para hacerlo.
Para mí es simple: el país vive aún sumido en el caos y la más vergonzosa corrupción y anacronismo político, pero es mi país y lo amo inmensamente.
Por eso no iba a permitir “con mi raquítico voto” que los sandinistas volvieran al poder y voté contra ellos.
Tengo esperanza en Enrique Bolaños. No tantas como aquellos que, sumidos en la desesperación y pobreza absoluta, creen que todo va a arreglarse de la noche a la mañana. Pero creo en “el viejito”. El gran problema es Arnoldo Alemán.
Me estremece su torpeza política, su asquerosa prepotencia y el descaro de sus abusos de poder. ¿La corrupción? ¡Por supuesto!
¡Qué feliz me sentiría poder decir exactamente lo contrario de Arnoldo Alemán! Pero no puedo.
Sería injusto y ciego no reconocer que su gobierno hizo notables obras de infraestructura y que la inversión extranjera empezó a llegar, pero su conducta personal me decepcionó.
Y como corolario de su comportamiento dictatorial, ahora resulta que propone junto al nada brillante Eliseo Núñez, una ley para regular los medios de comunicación en Nicaragua, alegando monopolio y “atentados” a la democracia.
Su propuesta nos ilustra la calidad de “liberales” y de “demócratas” que estos dos personajes pueden ser.
Su comportamiento no es menos diferente a Somoza u Ortega, reaccionando ante las denuncias sobre sus abusos gubernamentales.
Recuerdo a Arnoldo Alemán durante la campaña electoral de 1996, asegurándome que iba a defender la “irrestricta libertad de expresión”.
Esta iniciativa sólo es otra de sus promesas rotas, de las decepciones que nos deja tras cinco años de gobierno.
Ojalá que, desde la Asamblea, deje gobernar a un hombre que necesita del apoyo de todos los nicaragüenses para sacarnos de la crisis en la que estamos.
Regresé a El Salvador, donde resido desde hace casi cinco años, y me embargó la alegría de saber que el sandinismo y todo lo que representa, no volvió al poder. Le di gracias a Dios por ese milagro, logrado con el interminable valor de los nicaragüenses.
Pero también me llené de decepción al pensar que Alemán puede seguir influyendo y perjudicando aún más la democracia con su altanería y torpeza.
Quiero lo mejor para Nicaragua y cada uno de mis hermanos y hermanas. Y una Nicaragua mejor es impensable sin medios de comunicación libres, sin ataduras ni presiones, ni regulaciones absurdas.
Sin libertad de prensa, no hay libertad.
Pero se ve que los torpes no aprenden de las valiosas lecciones de la historia.
El autor es periodista nicaragüense, dirige el Diario “Más” de San Salvador, El Salvador.