Se puede, si se quiere

El presidente electo de Nicaragua, don Enrique Bolaños, prohibió que en su gobierno —próximo— se usen los fondos públicos para hacerle obsequios personales con cualquier motivo, y además advirtió que en general no se permitirá que los funcionarios y empleados públicos aprovechen la plata del Estado para intercambiar regalos “por motivo de festividades navideñas o celebraciones personales”.

El anuncio de don Enrique es oportuno, porque precisamente en vísperas de Navidad y Año Nuevo los funcionarios usan los recursos del Estado —o sea del pueblo— para obsequiarse a sí mismos y a sus colegas, familiares, amistades, representantes de medios de comunicación y agencias publicitarias, y a cuantas personas y entidades consideran conveniente, según el concepto irresponsable de “lo que no nos cuesta, hagámoslo fiesta”. Y es oportuno, insistimos, porque muchos funcionarios del gobierno actual dejarán muy pronto sus cargos y privilegios, y es muy probable que quieran despedirse a lo grande del “servicio” público.

Al inicio de su gestión el Presidente Arnoldo Alemán prometió que no habría regalías en su gobierno y que suprimiría los gastos superfluos de los funcionarios. Inclusive, ante los representantes de los medios de información rompió varias tarjetas de crédito de ministros y otros prominentes funcionarios gubernamentales, como un simbolismo de la sobriedad que según él caracterizaría a su Gobierno.

Por supuesto que nadie le creyó en aquella ocasión al Presidente Alemán, porque toda la gente informada de Nicaragua conocía su trayectoria en la Alcaldía de Managua, de la que hizo no sólo su plataforma de lanzamiento hacia la Presidencia de la República, sino también la base de una sorpresiva buena fortuna empresarial que lo transformó de una persona muy modesta económicamente en alguien que está ahora entre los más acaudalados propietarios y empresarios de Nicaragua. Pero a don Enrique Bolaños sí se le podría creer que en lo personal cumplirá su compromiso, y que tratará de que lo cumpla por lo menos el círculo de funcionarios de su mayor confianza.

En realidad, no será fácil que don Enrique Bolaños pueda encontrar —para ocupar los 700 principales cargos gubernamentales— a las personas absolutamente idóneas que compartan sinceramente sus principios éticos y que quieran brillar por su conducta austera en el gobierno. Y mucho menos en lo que se refiere a la multitud de funcionarios y empleados públicos que pertenecen a un partido político esencialmente prebendario —como es el PLC—, que están mal acostumbrados al jolgorio del Estado botín del Presidente Alemán.

Mucho se habla ahora, en los círculos políticos y cercanos al poder, de que en el sector privado se gana muy bien y que si el Estado quiere tener buenos funcionarios, debe pagarles sueldos iguales o superiores. Pero la verdad es que con ese cuento hemos tenido en el gobierno a muchas personas que sin dudas no ganarían en el sector privado ni la mitad de lo que perciben en el Estado. De otra manera, ¿por qué pelearon tanto por los puestos públicos y no se fueron al sector privado?

Es oportuno recordar, a propósito del mencionado anuncio de don Enrique, lo que el Dr. Pedro Joaquín Chamorro Cardenal escribió una vez —en la época del régimen liberal somocista, que fue tan corrupto o peor que el actual régimen liberal alemancista—: “Mientras las regalías sigan siendo vistas como asunto normal; mientras el erario sea considerado como una gran cartera capaz de cubrir cuantos cargos imaginarios se inventen, aumentando así una burocracia ociosa y petulante que consume las energías de quienes producen, y resta ingresos al fisco, no podemos progresar al ritmo acelerado que exigen nuestra explosión demográfica, y la competencia por un mejor nivel de vida, impuesta a nuestra existencia de país pequeño, por consideraciones de orden moral y universal”. Y concluía el Dr. Chamorro Cardenal con que: “Parece mentira, pero quien implantare en Nicaragua la honestidad administrativa con todo el rigor que esta expresión tiene, haría en nuestro país la más elemental y necesaria de todas las revoluciones”.

Esa tarea la podrían cumplir don Enrique Bolaños y su equipo, y pasaría a la historia como el gobierno que restableció la moralidad pública y el sentido de dignidad nacional de los nicaragüenses. Todo es que quieran hacerlo.  

Editorial
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