Jorge Salaverry*
En Nicaragua se han hecho cualquier cantidad de estudios y de seminarios sobre el tema de la pobreza. Se han escrito cientos de reportajes, folletos, artículos, y hasta libros, sobre ella. Queremos entenderla, medirla, observarla, y saber qué la causa. Nada de eso está mal, pero no nos resuelve ningún problema. Siendo que la pobreza, en última instancia, no es otra cosa más que la ausencia de riqueza, resulta urgente, por lo tanto, que nos dediquemos más bien a comprender qué causa la riqueza y a crear las condiciones para que ésta sea posible.
La buena nueva es que la riqueza se crea, y que entre más exista, menos espacio habrá para la pobreza. La veracidad de la afirmación anterior pareciera evidente, pero no lo es. Hay muchos que tienen un concepto estático de la riqueza; creen que es finita, limitada. Una concepción así tiene consecuencias graves para el desarrollo de un país. Veamos por qué.
Quienes creen que la riqueza es limitada, como un pastel, tienen necesariamente que pensar que si alguien aspira a un pedazo más grande del mismo, sólo podrá lograrlo a costa de que todos los demás se conformen con un pedazo más pequeño. Eso equivale a decir que sólo es posible enriquecerse a costa del empobrecimiento de los demás, y, por supuesto, no hay nada más falso que eso. La economía no es un juego de suma cero.
Cuando se cree que el enriquecimiento sólo puede darse a costa del empobrecimiento de otros, los que poseen riquezas son vistos con suspicacia y desdén. Se crea un sentimiento antiempresarial, porque el empresario exitoso no es visto —como en otros países— con admiración, sino que es percibido como un villano explotador. Y si de algo necesita Nicaragua para desarrollarse es, precisamente, de más empresarios; personas capaces de concebir ideas y de transformarlas en riqueza. Porque toda riqueza existe primero sólo como una idea que se materializa después con el trabajo inteligente y tesonero de ese ser poco comprendido y apreciado que es el empresario.
Y tal cosa sólo es posible en un sistema socioeconómico de libertad, en donde las personas puedan perseguir sus propios intereses y ambiciones, respetando, por supuesto, la libertad y el derecho de los demás. La libertad es esencial para la creación de riqueza. El sistema de libre empresa, conocido también como capitalismo o economía de mercado, no puede existir sin la libertad individual. Está comprobado que la economía de mercado es la más formidable máquina de creación de riqueza que ha conocido la humanidad en toda su historia, y que cuando el Estado interviene en su funcionamiento con la supuesta buena intención de “humanizar el sistema”, no hace más que interferir con su capacidad de producir riqueza.
Cuando el Estado se impone la tarea de cerrar la brecha entre pobres y ricos no está haciendo el trabajo que le corresponde, porque lo que en verdad debe de importarle es que los pobres mejoren su condición de vida, y no ocuparse en impedir que los ricos aumenten sus riquezas, siempre y cuando lo hagan en el libre mercado y en actividades lícitas. No importa, después de todo, que la brecha entre ricos y pobres se amplíe, mientras estos últimos sean cada vez menos pobres, o sea, más ricos.
Los países ricos y prósperos no lo son por casualidad. En ellos los ciudadanos son dejados en libertad para producir, y el Estado no hace más que crear las condiciones institucionales que permitan y fomenten la creación de riqueza. A eso fundamentalmente deberá dedicarse nuestro próximo gobierno, y ninguna de sus tareas será tan importante como la de sanear el sistema judicial, para que las personas nacionales y extranjeras que quieran invertir sientan que hay autoridades con capacidad de resolver conflictos y de hacer que se cumplan los contratos libremente suscritos. Los funcionarios públicos deberán dedicarse a cumplir las tareas propias de su cargo y no a utilizar sus puestos para hacer negocios particulares.
La población tiene muchas esperanzas y grandes expectativas, y una de ellas es que haya un gobierno honesto y austero; aspiración más que legítima y con grandes posibilidades de materializarse. Y en cuanto a la creación de riqueza, cada quien deberá hacer lo suyo: el gobierno removiendo barreras innecesarias y saneando las instituciones, y los ciudadanos aplicando sus facultades creativas y emprendedoras. El reto está planteado, y creo firmemente que los nicaragüenses sabremos ponernos a la altura de las circunstancias.
*El autor es miembro del Consejo Editorial de La Prensa, y catedrático de la Universidad Thomas More.
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