La Organización Mundial de la Salud instituyó —en 1988— el primero de diciembre como Día Internacional de Lucha contra el Sida, con el propósito de motivar a los gobiernos, las organizaciones sociales, los medios de comunicación y las personas de todos los países, a implementar estrategias adecuadas para enfrentar la emergencia sanitaria creada por esta novedosa y terrible enfermedad.
Este año, dicha celebración coincide con el veinte aniversario del descubrimiento del virus del Síndrome de Inmuno Deficiencia Adquirida (Sida): En junio de 1981 la revista médica norteamericana “Morbidity and Mortality Weekly Report” informó que los investigadores del Centers for Diseases Control and Prevention habían registrado un repentino aumento en el diagnóstico de casos de neumonía y de Sarcoma de Kaposi en hombres jóvenes que tuvieron sexo con hombres, en los Estados Unidos; y luego, el 3 de julio de ese mismo año de 1981, el New York Times publicó la noticia de que había un nuevo síndrome de características inusuales.
La primera víctima reconocida del Sida, en el mundo, fue el sobrecargo de una línea aérea norteamericana que volaba al África, donde sostuvo relaciones homosexuales con un africano y resultó infectado con la desconocida enfermedad. Desde entonces, el conocimiento sobre el Sida avanzó notablemente, pero no su prevención, tratamiento y curación. Las cifras son pavorosas, como lo demuestran los materiales de información y opinión que publicamos en esta edición de LA PRENSA.
En Nicaragua, el primer caso de Sida —reconocido oficialmente— ocurrió en 1987, y ahora, según datos del Minsa hasta mayo de este año hubo 757 afectados por el virus, de los cuales 320 evolucionaron a la enfermedad propiamente dicha, y 174 fallecieron. Y aunque en comparación con otros países de la región, Nicaragua es uno de los menos afectados, los casos van en aumento y tenemos ahora una tasa de 6.5 de afectados por cada 100 mil habitantes y un índice de mortalidad de 3.5% por cada cien mil personas.
Ahora bien, aunque Nicaragua no es uno de los países más golpeados por el Sida, el alto grado de pobreza en que vivimos nos hace más vulnerables puesto que la enfermedad ataca mucho más a los países pobres y atrasados.
Hay algunos sectores que creen que el Sida no es tanto una enfermedad causada por un virus, como un mal social provocado por la pobreza y el subdesarrollo. Otros atribuyen el mal exclusivamente a la promiscuidad sexual (en Nicaragua el 86% de los portadores del virus se infectaron por transmisión sexual y la relación sexual entre varones es el principal modo de transmisión del VIH). Y en consecuencia consideran que el único o el mejor remedio es la abstinencia en el caso de los jóvenes y el fortalecimiento de las virtudes morales en las relaciones familiares y sociales en términos generales.
El hecho de que en los países pobres haya más incidencia del Sida se debe a que los bajos niveles de educación hacen que la población comprenda menos las causas y características del mal y que no se usen los adecuados medios de protección personal. Luego, las limitaciones económicas dificultan o impiden los tratamientos médicos, y además, la pobreza impulsa a muchos hombres a abandonar el hogar y a sostener relaciones sexuales con más personas, y en las sociedades atrasadas la mujer es más indefensa ante los requerimientos sexuales de los hombres infectados.
Por eso es que se enfatiza en que no basta con promover las acciones de prevención y tratamiento del Sida, sino que también se debe crear conciencia de que es responsabilidad de todos los seres humanos prevenir y combatir este mal, y promover la solidaridad con las personas contaminadas y respetar sus derechos. En realidad, más que en ninguna otra enfermedad, en el Sida la esperanza de su prevención radica en que se puedan unir la ciencia médica con el valor de la solidaridad.
Cualquiera que sea la creencia de cada quien, es responsabilidad de todos los seres humanos prevenir y combatir el Sida; lo esencial es que —unos promoviendo la protección mediante el uso de preservativos y otros cultivando las virtudes morales— todas las voluntades y esfuerzos se unan en el objetivo común de prevenir y combatir esta terrible enfermedad.