Es difícil ser empresario

Álvaro Bardón

Santiago de chile (AIPE).— un amigo, pequeño empresario, trabajaba sin problemas en un barrio popular, hasta que comenzó a ser visitado por inspectores que lo multaban y exigían crecientes gastos, evidentemente inútiles. Paulatinamente fue aumentando la presión, hasta que mi amigo se cambió a las afueras, a un sector declarado como agrícola. Yo, como economista ignorante, le hice presente que se estaba metiendo en otro lío. No, me dijo, en el lugar ya funcionan unas 50 industrias. Pero, cómo, ¿violando la ley? Lo concreto es que, antes del año, el área fue declarada como industrial. El que sabe, sabe, pensé, y felicité a mi compadre por el buen ojo que había demostrado para elegir nuevo domicilio.

¿Y qué vas a hacer con las bodegas y el antiguo sitio?, le pregunté.

Eso no anda muy bien, me dijo. Traté de vender o arrendar, pero todos los potenciales clientes fueron espantados por vecinos y burócratas. Al parecer, temen que se instale Bin Laden o algo peor, como un empresario. Por último, continuó, tratamos de construir un edificio, pero de acuerdo con el plan regulador, sólo se pueden levantar allí de cuatro pisos, lo que hace el negocio inviable. Quizás habrá que donarlo para que se instale un campo de entrenamiento de inspectores o contralores.

Son los tiempos. A los pequeños empresarios agrícolas les exigen reglamentos laborales, libros diversos y baños especiales. Y a los que quieren emprender cualquier cosa, 40 trámites y formularios. Hay que poner la huella digital para casi todo y con las nuevas normas contra el narcotráfico y el terrorismo vamos a tener que entrar en calzoncillos o desnudos a los bancos, de manera similar a lo que pronto ocurrirá al comenzar las clases de educación sexual. Y me acordé de una amiga que quiere gastar un par de millones de dólares en una escuela modelo para niños pobres, pero no ha podido llevar a cabo su proyecto por los variados trámites burocráticos. Y del amigo que elaboró un pequeño proyecto de miticultura en el sur, y que presentó la correspondiente solicitud, con todos los documentos de rigor, en 1998. Al no recibir indicación alguna del estado de tramitación de su proyecto, hizo las averiguaciones del caso. La respuesta es la que cabe esperar de nuestra ágil burocracia: ¡están despachando las solicitudes correspondientes a 1997!

De pronto me sentí extremadamente inteligente y le pregunté por qué no daba a conocer todos estos problemas a la autoridad. Me miró con indisimulada compasión y me dijo que de manera alguna, porque él ya había superado todos los obstáculos y no tenía por qué facilitarle la vida a los potenciales competidores. Éstos deberán superar las mismas barreras a la entrada que tuve que enfrentar yo, me respondió.

Está bien, le dije, pero ¿por qué no vas a la Federación Gremial de la Industria y te quejas? Ahora me miró con piedad, y ya aburrido me gritó: ¡No compadre! Esta buena gente hace una suerte de pedagogía con los inspectores, los que reciben las clases gratis, que después les sirven para inventar nuevas dificultades y exigir estudios técnicos con la tarifa pertinente.

Es complicado ser empresario. Resulta mucho mejor ser inspector.

El autor es profesor de economía,
ex presidente del Banco Central de Chile.

www.aipenet.com  

Editorial
×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí