Ayer se celebró el Día Internacional Contra la Violencia que sufren las mujeres, una actividad que se hace el 25 de noviembre de cada año por acuerdo del Primer Encuentro Femenino Latinoamericano y del Caribe, que se llevó a cabo en julio de 1981 en Bogotá, Colombia.
Es muy importante esta celebración —a pesar de que son muchas las celebraciones que hay ahora, por incontables motivos—, porque si bien es cierto que es una obligación de todos los hombres respetar cada día la vida, la integridad física y la dignidad de las mujeres, la consagración de un día determinado para exaltar la necesidad de combatir la violencia doméstica ayuda a concienciar a la sociedad y a elevar el nivel cultural, de manera que permita comprender a todas las personas la necesidad de respetar a sus semejantes, particularmente los hombres a sus compañeras de hogar y de vida, así como para ayudar a resolver los graves problemas sociales y morales que provoca la aberración de conducta personal que es el abuso contra las mujeres.
Este año en Nicaragua —según las informaciones que se dieron a conocer antes de la celebración de esta jornada internacional contra la violencia de que se hace víctima a las mujeres—, entre enero y junio la Comisaría de la Mujer (de la Policía Nacional) recibió 3,862 denuncias de mujeres agredidas, “de las cuales el 75 por ciento es por violencia intrafamiliar y el 25 por ciento de violencia sexual”, según declaró la jefa de dicho departamento policial, María Cecilia López (LA PRENSA, martes 20 de noviembre del 2001). Una cifra que sin embargo tiene un valor relativo porque sin dudas deben ser muchos más los casos de abusos contra las mujeres que no son denunciados ante las autoridades correspondientes.
Sin embargo, en Nicaragua el índice de la violencia doméstica es uno de los más bajos de América Latina, aunque de ninguna manera esto significa que no sea un grave problema social y humano. Según estudios de organismos internacionales, la cantidad de mujeres víctimas de los abusos de diversa clase era hace tres años del 25 al 50 por ciento de la población latinoamericana, lo cual indica que su número sería de 126 a 243 millones. Y en nuestro país, según informaciones de los organismos no gubernamentales que trabajan en esta esfera, una de cada cuatro mujeres puede ser víctima de alguna forma de violencia. O sea, el mínimo del promedio latinoamericano.
Según los expertos en el problema de la violencia conyugal, los hombres que maltratan a sus mujeres, en la mayoría de los casos, pertenecen a una subcultura en la que el abuso es una forma de imponer su autoridad, pero al mismo tiempo es una manera de quitarse de encima algunos complejos y de dar rienda suelta a sus instintos primitivos. O sea que se trata de individuos incapaces de enfrentar airosamente las situaciones críticas que se le plantean en el trabajo o en la calle, y cobran venganza humillando a sus mujeres e hijas, maltratando a los seres más débiles que los rodean.
Por otro lado, la violencia contra las mujeres es una aberración individual que tiene causas sociales y profundas raíces culturales —porque donde hay miseria no florecen virtudes—, y por lo tanto, se da mucho más entre los sectores más pobres de la sociedad. Si embargo, el maltrato doméstico no se puede justificar ni tolerar por razones sociales, ni es cierto que por identidad cultural en nuestra sociedad siempre tendrá que haber violencia contra las mujeres.
Ahora bien, la necesidad de reforzar la lucha contra la violencia que sufren las mujeres —tanto por medio de la aplicación rigurosa de la ley, como mediante la concienciación social y la educación individual—, no debe hacernos perder de vista ni dejar de reconocer que son muchos más los hombres nicaragüenses que respetan la dignidad y la integridad física de la mujer. Sin perjuicio de que, igual que en todos los demás aspectos de la vida social, también en el ámbito de las relaciones conyugales y la vida doméstica son los actos de violencia de hombres contra mujeres los que llaman la atención y hacen la noticia.