La venta de bolsitas de agua

La limpieza no es una de las características que distinguen a la ciudad capital de Nicaragua. La basura se ve por todas partes: en los cauces, en los lotes baldíos, en las aceras, en las carreteras, en los parques. Es un antiguo y persistente problema que hasta ahora ha desafiado las soluciones que se han intentado, pero lo cierto es que habría que preguntarse si se trata de un problema insoluble o si únicamente es que no ha sido tratado de la mejor manera posible. En el país hay unas ciudades más limpias que otras ¿Por qué unas lo son y otras no?

No hay duda que por razones de salud y de estética —y más aún ahora que estamos tratando de impulsar el turismo a nivel nacional—, la capital y todas la ciudades de Nicaragua deben ser aseadas y limpias. El asunto está en cómo lograrlo. Al igual que sucede con una enfermedad infecciosa que tiende a persistir mientras no se le aplique el tratamiento correcto, así es el problema de la basura, y eso, precisamente, parece estar sucediendo con la “solución” que el alcalde de Managua, Herty Lewites, pretende darle al problema de suciedad que causan las bolsitas de plástico con agua, que se venden mayoritariamente en los semáforos y que después de consumidas son tiradas al suelo.

La “solución” que ha propuesto el alcalde Lewites es prohibir la venta de las bolsitas de agua. Está bien que el alcalde tenga la intención de limpiar Managua, ya que después de todo ésa es su responsabilidad, pero la disposición de prohibir la venta de bolsitas con agua no solucionaría absolutamente nada. Y si llegara a funcionar —cosa que dudamos— sería a costa de causarle un grave perjuicio tanto a los consumidores como a los productores y vendedores de las famosas bolsas de agua. Por supuesto que tampoco es justo que los ciudadanos que no son productores, ni vendedores ni consumidores de ese producto, tengan que verse afectados por ese problema.

Pero el problema no lo causa ni el productor ni el vendedor. Lo causa el consumidor que, en vez de guardar la bolsita vacía, por falta de cultura, de sentido de responsabilidad y de interés, la tira a la calle. El alcalde, sin embargo, en vez de tratar de resolver el caso con el causante del problema, ha decidido castigar a los empresarios que producen y distribuyen un producto que, en una ciudad tan calurosa como Managua, satisface una legítima demanda.

¿Entonces, cómo solucionar ese problema? Sin pretender tener la solución ideal ni completa, creemos, no obstante, que la solución debe involucrar en primer lugar al consumidor, quien es el verdadero causante del problema. Si el consumidor fuera una persona que ha sido educada para valorar la limpieza no tiraría la bolsita al suelo. Se trata entonces de un problema de educación, pero sólo en parte, y como sabemos, la solución de los problemas a través de la educación toma tiempo. Es un problema también de falta de sanción. No existen multas ni castigos de ninguna especie para quienes ensucian la ciudad. Deben por lo tanto establecerse mecanismos que penalicen efectivamente a quienes ensucian la ciudad.

Pero es también un problema de falta de interés. El consumidor bota la bolsita porque no le sirve para nada y más bien le estorba, pero si él supiera que puede derivar un beneficio al no tirar la bolsa a la calle, tendría un incentivo para guardarla. De manera que una solución de dicho problema pasaría por asignarle un valor de rescate a la bolsita vacía. Dicho valor puede ser especificado en dinero en efectivo por un determinado número de bolsas, o bien pudieran ellas ser canjeadas por boletos de una rifa lo suficientemente atractiva, como para hacer que el consumidor decida guardarlas y no botarlas.

La Alcaldía tiene que ser más imaginativa y menos represiva en la búsqueda de soluciones, y si no puede generar las ideas para resolver el problema, le sugerimos que invite a los ciudadanos a un concurso para que ellos las produzcan. De seguro que el alcalde Lewites se sorprenderá de la capacidad creativa que hay en la población.  

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