Elecciones transparentes en Nicaragua

Francisco Aguirre S.

Desde el 11 de septiembre muchas de las noticias han sido malas: los actos cobardes de terrorismo contra las Torres Gemelas de Nueva York y el Pentágono en Washington; la subsiguiente y frustrante guerra en Afganistán; el susto del ántrax; la recesión económica mundial y el interminable malestar en Israel y el territorio ocupado de Cisjordania.

Ante este triste panorama, es bueno recibir buenas noticias para variar y Nicaragua las brindó el 4 de noviembre al celebrar sus terceras elecciones consecutivas presidenciales libres y transparentes.

Hubo momentos en que las perspectivas no eran las mejores para Nicaragua. La contienda se desarrollaba entre Enrique Bolaños, un respetado empresario y demócrata que había fungido como Vicepresidente en la actual administración liderada por Arnoldo Alemán, y Daniel Ortega, el comandante Sandinista quien fue el dictador marxista de Nicaragua durante los años ochenta.

De acuerdo a las encuestas, la elección estaba demasiado reñida como para pronosticar un ganador y esto provocó el temor de que un resultado estrecho podría desencadenar una situación como la que ocurrió en la Florida hace un año. Se temía que esto, a la vez, podría resultar en violencia y un desmoronamiento de la joven democracia nicaragüense debido a la polarización del electorado del país, la gran diferencia entre las opciones presentadas a los votantes y la fragilidad de su democracia. Hasta había temor de que inestabilidad en Nicaragua podría contaminar a otros países de Centroamérica, revirtiendo, de esta manera, una década de paz, crecimiento económico y democracia en la región.

La mirada del mundo se enfocó, aunque por tan sólo un momento, en Nicaragua. Cientos de observadores internacionales llegaron al país habiendo sido invitados por el gobierno para asegurar un proceso pacífico y transparente. Entre éstos, nos visitaron el ex Presidente Jimmy Carter, el Instituto Democrático Nacional, el Instituto Republicano Internacional y una delegación de tres congresistas encabezada por Cass Ballenger (Republicano por Carolina del Norte) y Bill Delahunt (Demócrata por Massachussets).

Lo que aconteció fue una agradable sorpresa. Más del 90 por ciento del electorado elegible se volcó a votar, muy por encima del aproximadamente 50 por ciento que suele participar en las elecciones presidenciales en Estados Unidos. La ciudadanía en muchos casos esperó pacientemente hasta 4 horas, o más, para poder votar bajo un sol inclemente por lo abrumadas y lentas que se vieron las juntas receptoras de votos. Con la excepción de algunos incidentes aislados, la elección fue pacífica.

La mañana siguiente, los resultados preliminares indicaban una arrasadora victoria para el Ing. Bolaños y el gobernante Partido Liberal. Poco después, Daniel Ortega pronunció un discurso de concesión con altura y se acercó a Don Enrique para ofrecerle sus felicitaciones personales.

Eso fue todo. No hubo violencia ni impugnaciones mayores, no hubo impasse ni estado de emergencia y no hubo elecciones frustradas Los nicaragüenses —y sus líderes— habían demostrado al mundo lo mucho que hemos avanzado desde 1990 cuando celebramos las primeras elecciones libres en medio siglo cerrando las puertas a la década de dictadura sandinista. Y demostramos la creciente madurez e instinto democrático de nuestro pueblo.

Son pocas las experiencias exitosas políticas en estos tiempos y pocas las buenas noticias. ¡Por dicha Nicaragua escogió este momento para hacerle este regalo al mundo!

El autor es Canciller de Nicaragua. Este artículo fue publicado en The Miami Herald, el jueves 15 de noviembre corriente.  

Editorial
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