Daniel: émulo de Emiliano Chamorro

Jorge Eduardo Arellano

Si hay un personaje histórico con el cual puede parangonarse el líder del Frente Sandinista Daniel Ortega Saavedra (La Libertad, Chontales, 11-XI-1945), ese es Emiliano Chamorro Vargas (Acoyapa, Chontales, 11-V-1871- Managua, 26-II-1966). Obvias diferencias de orden sociopolítico distinguen a estos chontaleños de nacimiento. En el caso del primero, su papel de intermediario entre la oligarquía granadina y una extensa clientela rural (de “montados” y montoneros), admiradora de sus dotes míticas, aparte de su proamericanismo; en el del segundo, sus indiscutibles habilidades retóricas y demagógicas, más una radical posición antigringa de génesis marxista. Sin embargo, ambos comparten elementos significativos que los identifican. Y el primero es el caudillismo.

“Del individualismo egocéntrico y autocrático, surge el caudillismo, constituido por una personalidad carismática en la cúspide del partido, que cultiva y exige lealtad incondicional hacia su persona a cambio de una garantizada protección”, define este rasgo fundamental de la cultura política nicaragüense el doctor Emilio Alvarez Montalván en su conocida obra sobre el tema. Y Emiliano y Daniel tienen, ante todo, de común denominador esa impronta caudillesca, tanto en sus aspectos positivos como en los negativos.

Efectivamente, con una entrega por entero y permanente a su partido o conglomerado, Daniel es capaz de un gran poder de convocatoria y desarrolla una accesibilidad y fácil comunicación, sobre todo con las personas sencillas y de escasos recursos. Hace uso del dinero, margen de su origen. No rinde cuentas a nadie. Oye, pero no escucha y su obstinado protagonismo no concibe el pasado o el paso deteriorante de la temporalidad. Sólo el presente y el futuro. Las mismas cualidades y defectos poseía, exactamente, Emiliano: sempiterno caudillo del conservatismo quien, dentro de los estatutos de su partido, llegó a tener el derecho de veto.

Cuestionado por la Juventud Conservadora que encabezó José Joaquín Quadra Cardenal en los años cincuenta, cuando ya Emiliano había pactado con el régimen imperante para recibir cuotas de poder en la administración pública (ejemplo que imitó Daniel a finales de los noventa), tal derecho estatutario respondía al carácter obsoleto del caudillismo. Pero el que ha proyectado Daniel, al inicio del siglo XXI, lo es mucho más, impidiendo la renovación moderna de su estructura partidaria y asegurando, de nuevo, la derrota en las elecciones, como lo advirtió oportunamente su hermano Humberto.

Así que los dos caudillos por antonomasia del siglo XX en Nicaragua —Emiliano y Daniel— no sólo gobernaron el país en un par de ocasiones. Uno constitucionalmente, de 1917 a 1920, e inconstitucionalmente los diez primeros meses de 1926; el otro, como miembro de la Junta Nacional de Gobierno, de 1979 a 1984, y electo popularmente de 1984 a 1990. También coinciden en haber impedido la recuperación del poder de sus respectivas organizaciones por la vía electoral.

Chamorro perdió las elecciones en 1924 ante el conservador republicano Carlos J. Solórzano (a quien daría “el lomazo” el 25 de octubre de 1925, provocando la guerra civil de 1926-27) y en 1932 fue vencido —como candidato a la vicepresidencia— por el liberal Rodolfo Espinoza. Mientras tanto, Ortega ha impuesto un récord: haber sido derrotado tres veces como candidato presidencial (en 1990, 1996 y 2001). Con ello es claro, le otorga la razón a otra renovada figura del pasado insurreccional el ex guerrillero salvadoreño Joaquín Villalobos al declarar, a principios de este año: “La sola presencia de Daniel le hace daño al Frente Sandinista”.

Es hora, pues, que sus asesores y partidarios reflexionen a fondo sobre el papel caudillesco de Daniel Ortega, émulo de Emiliano Chamorro. Sin duda, el FSLN y Nicaragua saldrían beneficiados.

Historiador nicaragüense.  

Editorial
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