Violeta Pérez [email protected]
Un poco más de cincuenta años han pasado desde que terminó la Segunda Guerra Mundial, que dejó como resultado una nueva estructura de Relaciones Internacionales, caracterizada por la presencia de organizaciones, como la OTAN y la ONU, que tienen como objetivo velar por el mantenimiento de las condiciones de paz sobre la faz de la Tierra.
En general, sus políticas garantizaron que los conflictos no se extendieran a niveles incontrolables… hasta septiembre de 2001, cuando la amenaza de una Tercera Guerra se extiende en nuestra realidad. En ella un bloque de Fuerzas Aliadas encabezado por grandes potencias, enfrenta a los países del Medio Oriente que albergan grupos terroristas y sus representantes en el mundo. El apoyo de Estados Unidos a Israel, fue el antecedente y el detonante, el ataque del grupo terrorista Al-Qaeda a centros de gran importancia para el pueblo norteamericano.
Como en 1941, la entrada de los Estados Unidos al conflicto estuvo determinada por un ataque directo, que cambió su condición de víctima a depredador, de Japón a Afganistán el argumento se repite. Después del suceso, el Presidente de la nación, consternado por la pérdida de vidas humanas declara la guerra a su atacante, esta vez, para legitimar sus acciones bélicas, movilizó sus redes para establecer alianzas. En apoyo o por temor de ser considerados enemigos del país más poderoso, las naciones fueron manifestando su posición a favor de la lucha antiterrorista a través de sus líderes y representantes en los organismos internacionales. Nunca se consideraron alternativas a la guerra una vez declarada, la agresión contra uno de sus miembros fue considerada una agresión contra todos.
A menos de un mes de haber despertado la ira del titán, Afganistán se convirtió en blanco de los Estados Unidos y sus aliados dentro y fuera de la nación. Sin embargo, el conflicto no terminará con la sustitución de su gobierno, se extenderá a otros países que apoyen las acciones terroristas. La lista de próximos blancos incluye: Irak, Irán, Palestina o hasta el mismo Israel, pero no hay nada escrito. Cualquier país puede convertirse en blanco o en aliado, el gobierno norteamericano podría aprovechar su posición para arreglar cuentas con antiguos enemigos y nadie podría detenerlo porque cuenta con el apoyo de los organismos internacionales.
Se puede justificar que la OTAN sirva a sus intereses, pero en las Naciones Unidas, donde encontramos embajadores de países del medio oriente y otros que constituyen blancos posibles, sería lógico que se hubiera manifestado cierto recelo en aceptar sus disposiciones. La conclusión a la que se puede llegar es que la representación de los países no es tan proporcional como se cree o que en realidad existe un voto de calidad, a favor de los más poderosos, lo cual restaría credibilidad a su actuación.
En el desarrollo de esta guerra los norteamericanos con sus alianzas, sus F-14, B-1, U-2, y su complejo de armas alfabético-numéricas, se enfrenta a un enemigo que utiliza sus redes terroristas, armas químico-biológicas y ataques suicidas, que podrían garantizarle unas cuantas victorias; en este contexto el resultado final además de ser incierto, resultaría diferente a lo que se podría predecir con la experiencia de la Segunda Guerra Mundial.
Lo único que se puede afirmar es, que al igual que en otras guerras, las principales víctimas no tienen entrenamiento militar, son civiles que además de ser blancos de atentados terroristas, sufren los efectos de los esfuerzos para exterminarlos.
Si el terrorismo es un problema latente en nuestro mundo, la lucha contra él debe involucrar a todas las naciones, nunca a una sola. Finalmente, después de esta tercera guerra, ¿Qué mecanismos garantizarán que pase medio siglo como mínimo antes de iniciar una cuarta? De seguro no serán los mismos organismos internacionales.
La autora es Máster en Administración y Políticas Públicas