El reconocimiento público de su derrota electoral que hizo Daniel Ortega Saavedra, antes de que el Consejo Supremo Electoral (CSE) diese a conocer apenas el segundo informe preliminar del escrutinio; y la visita del líder sandinista a su vencedor, don Enrique Bolaños, para felicitarlo y ponerse a su disposición, es un hecho político raro en la cultura política nicaragüense, y sin precedente en el caso del derrotado candidato presidencial del FSLN.
En realidad, esta actitud de Ortega no tendría mayor importancia en cualquier país democrático del mundo. En una sociedad en la que la gente vive y se autogobierna en democracia, es usual que el vencedor en la competencia electoral proclame su triunfo con generosidad, y que los vencidos reconozcan con dignidad su derrota y la victoria del adversario, la que siempre es bien merecida porque se funda en la voluntad soberana del pueblo.
Pero Nicaragua no es un país cualquiera. Aquí la conducta de los políticos es muy diferente a la de sus colegas de las naciones democráticas normales y, por lo tanto, el hecho de que Daniel Ortega reconociera de manera rápida, voluntaria y pública su derrota electoral, y que inmediatamente después visitara a al candidato victorioso para felicitarlo y ponerse a su disposición, es algo que amerita ser destacado y comentado en los medios de comunicación.
Pero, ¿será posible que en realidad esté naciendo y comenzando a expresarse una nueva forma de cultura y de hacer política en Nicaragua? ¿O será tan sólo un —otro— disfraz que se pone el líder sandinista, para ganar simpatías a pesar de la derrota, darse crédito ante la comunidad internacional y comenzar a reciclarse en preparación de una siguiente campaña electoral?
Como sea, la reacción de Ortega a su tercera derrota electoral consecutiva es ejemplar y merece el respeto y reconocimiento de la opinión pública, lo mismo que el encomiable comportamiento que en términos generales y salvo algunas excepciones tuvieron los partidarios sandinistas (igual que los liberales) durante la jornada electoral recién pasada, a pesar de los malos augurios y de los temores que había sobre un posible desencadenamiento de la violencia durante o después de las votaciones.
Por cierto que la nueva conducta cívica que Ortega Saavedra demostró el lunes pasado, cuando reconoció su derrota y visitó a su vencedor para felicitarlo y ofrecerle su colaboración personal y partidaria, es muy diferente a aquella deleznable actitud que el líder sandinista asumió en octubre de 1996, cuando montó un bochinche fenomenal tras la victoria del doctor Arnoldo Alemán Lacayo, y para no reconocer la legitimidad de los comicios ni el triunfo de su adversario alegó sin aportar pruebas convincentes que hubo un fraude electoral. Y es más contrastante todavía con la intimidante reacción que el mismo Daniel Ortega tuvo en 1990, cuando perdió los elecciones ante doña Violeta B. de Chamorro y sólo reconoció el triunfo de ésta después de imponer un pacto de transición que le permitió conservar gran parte de su poder real, y reservándose el derecho de “gobernar desde abajo”, como llamó a su estrategia de protestas violentas, asonadas y chantajes políticos de toda clase y durante varios años, contra el débil gobierno democrático de la señora Chamorro.
Pero ojalá que este paso hacia adelante que ha dado el señor Ortega no sea seguido por dos pasos hacia atrás, como ha ocurrido en el pasado. Lo mejor que Ortega debería hacer es disponerse a ejercer en la Asamblea Nacional —en la que volverá a contar con una sólida minoría parlamentaria— una oposición constructiva, de beneficio nacional pero sin nuevos contubernios con el liberalismo alemancista con el que pactó hace dos años con consecuencias nefastas para la institucionalidad y la honra democrática de la nación.
Aunque, tal como editorializó un diario español (El Mundo) el martes de esta semana: “Tal vez más que una labor opositora, Ortega debería plantearse después de haber sido derrotado en las tres elecciones presidenciales celebradas tras su salida del poder, cómo dejar la política dignamente