Elisa Vannini
El 11 de septiembre, pasaba frente al Pentágono en mi ruta diaria al trabajo cuando escuché una fuerte explosión. Al voltear la vista, percibí una torre de fuego que se extendía desde el lado sur del Pentágono hasta el cielo. Atrapada en la autopista con docenas de otros automóviles, observamos anonadados cómo las llamas consumían el símbolo máximo de la superioridad militar estadounidense. Desde entonces, la idea de empacar mis maletas y regresar a Nicaragua no me parece tan ridícula. En Nicaragua no hay preocupaciones de ántrax, de bombas nucleares, de aviones suicidas que matan a miles de personas a la vez… las turbas, los estudiantes, y hasta las elecciones son más predecibles que las amenazas que aquí se han vuelto parte del día a día. En Nicaragua podría vivir tranquila porque, en fin, ¿a quién le puede importar Nicaragua?
Continúo trabajando en Washington a pesar del pánico en el Capitolio (a tres cuadras de mi oficina), sabiendo que cuando decida me largo a un lugar no muy lejos donde los peligros se parecen más a la realidad de un país tercermundista y menos a las películas de Bruce Willis. Por lo menos eso pensaba, hasta que caí en cuenta que tal vez Nicaragua no es tan insignificante. “¿A quién le puede importar Nicaragua?”. A George W. Bush, si es que el viejo fantasma del sandinismo llega nuevamente al poder. Gracias a Daniel y a sus supuestos vínculos con Al Qaeda, el próximo Afganistán podríamos ser nosotros.
Ya abandoné la esperanza que haya una tercera vía. Desde mi punto de vista, las encuestas indican que sólo hay dos candidatos viables. Muchos dicen apoyar a Daniel porque en Nicaragua “se estaba mejor” en los años 80. Yo no soy una persona de escasos recursos, y no he vivido ni hambre ni desempleo bajo ningún gobierno. Pero eso no quiere decir que la situación actual de mi país no me afecte. Sí he vivido la década de los ochenta en Nicaragua, y muchos de los que dicen estar peor olvidan que antes pagaban por el pan de cada día con sus libertades básicas y con los hijos que mandaban a la montaña. Y es que cuando el hambre aprieta, idealizamos el pasado y tratamos de reconstruir el ayer en vez de crear un nuevo mañana. Tampoco soy simpatizante del gobierno de Alemán. Creo que su sombra impide que muchos perciban a don Enrique Bolaños como un señor honrado y capaz, que por tener sus propias opiniones se creó serios problemas dentro de su partido. Yo misma no lo creería si no lo hubiera visto con mis propios ojos estando de pasante en la Vice-Presidencia hace algunos años.
Sin embargo, dada la situación, el carácter y las habilidades de Bolaños son irrelevantes. La triste realidad es que en estos momentos dependemos más de la comunidad internacional que de la efectividad del gobierno, especialmente ahora que estamos entrando a un tipo diferente de guerra fría. Lentamente, se está creando una nueva dicotomía: el mundo civilizado contra los terroristas. Elegir a Bolaños significará seguir recibiendo apoyo de la comunidad internacional, aunque el gobierno también se lleve su tajada. Elegir a Daniel significará que no sólo perderemos la confianza y la ayuda de los Estados Unidos, sino que el mundo entero nos asociará con los actos desalmados que se están cometiendo hoy por hoy contra gente inocente. Ahora pregúntese: ¿de qué lado quiere estar usted? Mi miedo, como el de muchos otros, es que don Enrique no sea lo suficientemente fuerte para arrebatarle el poder a Arnoldo y tomar el liderazgo del Partido Liberal. Pero dadas las circunstancias, prefiero lidiar con el rojo sin mancha que volver a enajenar a los Estados Unidos y al resto del mundo… Y usted, ¿qué prefiere?
La autora es analista económica