Yalí Molina Palacios
Este momento es oportuno para recordar que la historia, maestra de la vida, nos ha enseñado que la causa principal de nuestros males —pobreza, guerras, divisiones, etc.— , ha sido la reelección de los gobernantes en el poder.
Brevemente recordemos que el principio de la alternabilidad en el poder ha sido factor de estabilidad cuando se ha cumplido, y tragedia de sangre cuando se ha vulnerado. Desde que los estados centroamericanos tomaron forma de República se firmó un documento un 2 de noviembre de 1824 estableciendo ese principio. En 1923 se fijó como bases de estabilidad y paz la obligación de los mandatarios centroamericanos de no reelegirse. Desde esa fecha en nuestro país ese principio se ha mantenido en nuestras constituciones. Tres presidentes lo quitaron y fueron grandes dictadores: Zelaya, Somoza y Ortega.
En tal virtud, el Ing. Bolaños desde ya debe comprometerse, si llega al poder, de enviar a la Asamblea Nacional un proyecto de ley fortaleciendo el principio sano y sabio de la alternabilidad en el poder, de tal forma que un presidente no puede nunca más volver a serlo. (Arto. 47 Cn.) Vale mencionar que las Constituciones de México, El Salvador y Costa Rica lo tienen con magníficos resultados.
Tan oportuno y sabio “trato” que Bolaños haría, despejaría el elemento perturbador que hoy inquieta a Nicaragua de ver descender de la presidencia a un ciudadano y sentarse en un escaño en el Poder Legislativo para encausar sus actividades en el proselitismo de un regreso inmediato al poder.
La apertura de reelecciones directas o camufladas son la oportunidad para la formación del caudillismo, que nos lleva directamente a las dictaduras y a la polarización, que nos separan del desarrollo y la consolidación de la democracia.
Don Enrique debe comprometerse a esto, reafirmarlo en su discurso de toma de posesión y realizarlo en su primer proyecto que envíe como Presidente de la República a la Asamblea Nacional. Los nicaragüenses esperan ese “trato con Nicaragua”.
El autor es abogado