Dificultades que enfrentaría Ortega, si gana la Presidencia

Humberto Belli Pereira

Cualquiera de los candidatos que gane las próximas elecciones encontrará un país sumamente difícil de gobernar. Un problema de fondo es el agotamiento del modelo agroexportador que sustentó la economía nicaragüense desde la colonia. La rentabilidad de la mayor parte de las actividades agropecuarias se ha ido derrumbando. El ingreso que hoy generan las exportaciones locales es inferior al de hace 25 años. Mientras tanto la población y gastos estatales son mucho mayores. Esto ha producido un inviable déficit fiscal, que sólo pueden afrontar los nicaragüenses con fuertes dosis de cooperación externa y el flujo sostenido de las remesas familiares, factores ambos que tienden a disminuir hoy día debido a la recesión norteamericana y a sus nuevas prioridades.

El candidato ganador encontrará grandes dificultades en ampliar el gasto social y aún en sostener los niveles actuales. El estado nicaragüense está peligrosamente cerca de la incapacidad de pagarle a sus empleados públicos. Hacerle frente a estas circunstancias exigirá una labor de cabildeo muy exitosa con los Estados Unidos y los organismos internacionales que de él dependen, así como de una atmósfera de inversión interna muy positiva. Si Daniel Ortega gana las elecciones tendrá que enfrentar estos retos, con el peso añadido de varias complicaciones adicionales, entre las cuales podemos destacar tres:

1. Desconfianza interna. El pasado de Ortega atemoriza a amplios sectores de la población nicaragüense —podríamos decir que a la mitad de la población— y a una mayoría importante de la clase empresarial. La actual recesión que vive el país, incluyendo los más de cincuenta millones de dólares que los depositantes han retirado recientemente de los bancos, no es tanto la resultante de la incertidumbre política, como del temor de que gane el comandante Ortega. Esto no es un juicio de valor sino un hecho, un dato objetivo, independiente de cuáles sean las intenciones del comandante.

Si gana el candidato del FSLN, existirá el riesgo real de que, al menos por un tiempo, se agudice el presente acalambramiento en la voluntad de invertir y de mantener el dinero en Nicaragua. Algunos miembros del sector privado, ante el gran peligro que esto implica para el Sistema Financiero, tratarían de apaciguar los ánimos y de animar a sus colegas a otorgar su apoyo a las nuevas autoridades.

Pero no será fácil superar rápido los temores. El dinero es muy nervioso. Muchos particulares preferirán darse un compás de espera hasta que las incógnitas se vayan despejando. La pregunta clave será entonces, ¿cuánto tiempo podrá soportar el país este compás de incertidumbre? Las inversiones privadas son decisivas en el nivel de empleo y de recaudaciones fiscales. ¿Cuánto podrán éstas mermar sin amenazar la liquidez del Estado?

2. Desconfianza externa. Los Estados Unidos, que son el principal actor externo para la vida económica de Nicaragua, han manifestado ya, en forma incluso atrevida y reiterada, su abierta desconfianza, e incluso antipatía, hacia Daniel Ortega. Pesan en dicha actitud no sólo el pasado, cuando el FSLN confrontó por una década la administración republicana que ahora gobierna, y cuando Nicaragua se convirtió en refugio de organizaciones terroristas.

Pesa también el presente. El comandante condecoró hace dos años a “Tiro Fijo”, legendario jefe de las FARC colombianas, y en julio de este año se incorporó a la organización antiamericana internacional “Mathaba”, liderada nada menos que por Gadafi, considerado como uno de los más connotados terroristas mundiales.

Preocupado por las críticas de altos funcionarios de la administración norteamericana, Ortega ha reiterado que los Estados Unidos reconocerían su gobierno. Pero el reconocimiento no es lo importante, sino el grado de apoyo económico que la administración Bush quiera otorgar a su gobierno.

Aún si Ortega tuviese las mejores intenciones de cooperar con los Estados Unidos en su lucha contra el terrorismo mundial, le va a ser muy difícil recuperar a corto plazo la confianza que dicho país exigiría para concederle a Nicaragua el nivel de cooperación externa que tanto necesita. Probablemente se abriría otro compás de espera que podría volverse indefinido, e incluso peligroso, si el comandante no se decidiera a cortar los vínculos con Mathaba y sus principales personajes. ¿Estaría dispuesto Ortega a dichos rompimientos, o preferiría la aventura de buscar alianzas con Chávez?

Otro factor que complicaría el rol de Ortega como gestor de los intereses de Nicaragua en el exterior, es la denuncia de Zoilamérica. Aunque a la clase política local el caso le ha sido relativamente indiferente, la denuncia de violación procedente de la hija adoptiva de un connotado dirigente causa conmoción en Europa y Estados Unidos y exige, normalmente, una investigación exhaustiva. El caso está ahora ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, desde la cual es posible que siga alimentando suspicacias entre muchos dirigentes mundiales.

3. Las expectativas de las bases sandinistas. Los dirigentes del FSLN tendrían que bregar al poco tiempo de su victoria, con las expectativas de una masa de simpatizantes penetrada por una peculiar ideología populista y distribucionista. Una resultante extrema de esta actitud podría ser las invasiones de propiedades. Otra, menos extrema, podría ser la agresividad laboral contra algunos patronos, especialmente en las zonas francas, consideradas por los sindicatos sandinistas como centros de explotación. También podrían proliferar las demandas por congelar precios de productos y servicios básicos, por condonar deudas bancarias, por suspender en forma indefinida los desalojos por falta de pago, por controlar los precios de los colegios privados, etc.

Muchas de estas actitudes y exigencias podrían tener eco incluso en la mentalidad de los propios dirigentes, muchos de los cuales podrían experimentar la tentación de ceder en estas direcciones, no sólo por las presiones de abajo, sino por sus mismos condicionantes ideológicos y psicológicos. Es la dulce tentación de arruinar al burgués, para favorecer al proletario, que olvida que la prosperidad de los dos va mancomunada, y que termina arruinando a los dos.

En realidad, el comandante enfrentará, de ganar, un dilema muy difícil: gobernar bien, con la sobriedad y realismo que una economía deficitaria exige, en cuyo caso podría alinear a muchos de sus seguidores, o tratar de complacer las exigencias de los mismos, en cuyo caso repetiría el mismo ciclo de calamidades que han protagonizado por todo el mundo los gobiernos populistas, y que Nicaragua experimentó hasta la saciedad en la década de los ochenta. No hay duda de que si gana, el comandante Ortega no estará en un lecho de rosas.

El autor es Presidente del Ave María College.  

Editorial
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