Los diputados que merecemos

Como es bien sabido, las elecciones del próximo domingo 4 de noviembre no son sólo para elegir al presidente y vicepresidente de la República, sino también a los diputados propietarios y suplentes (90 y 90) a la Asamblea Nacional, además de 20 diputados con sus respectivos sustitutos al Parlamento Centroamericano. Y a pesar de que toda la atención de la ciudadanía y de los medios de comunicación se concentra en la elección presidencial, la verdad es que la escogencia de los legisladores tiene mucha importancia para el incipiente proceso democrático de Nicaragua y tendrá una influencia no desdeñable en el rumbo del próximo gobierno.

Sin dudas que la poca importancia que se le da a la elección de los diputados se debe a que éstos desempeñan un rol prácticamente secundario en el sistema de gobierno de Nicaragua, mientras que el Presidente de la República —quien es jefe del gobierno, jefe del Estado, jefe supremo del Ejército, jefe de la fuerza pública (Policía Nacional), responsable de la política presupuestaria y de las relaciones internacionales, etc.— ejerce todo el poder real sobre la nación. Pero, además, los ciudadanos no le conceden mayor importancia a la escogencia de los diputados porque éstos no son elegidos directamente por el pueblo, sino que son designados por sus partidos políticos, pues, mientras los ciudadanos votan personalmente por el presidente de la República, no hacen lo mismo con los diputados cuyas candidaturas se presentan en listas cerradas que son “arrastradas” por la votación a favor de los candidatos presidenciales.

Sin embargo, el hecho de que el procedimiento de elección de los diputados no sea genuinamente democrático —y que, por lo tanto, es imperiosamente necesario cambiar el sistema de listas cerradas por el de la elección uninominal— no significa que la escogencia de los parlamentarios carezca de importancia. En realidad, independientemente del pésimo sistema de “elección” de los diputados éstos desempeñan funciones de mucha importancia, y los ciudadanos en particular y la sociedad en general deberían concederle más importancia de la que le han dado hasta ahora.

Según la Constitución de la República, los diputados tienen responsabilidades tan importantes como las de establecer los impuestos, aprobar las leyes que la gente acata obligatoriamente para su beneficio o perjuicio, autorizar los actos más importantes de la acción gubernamental, ejercer la mediación entre el poder y los ciudadanos, designar a miembros de otros poderes e instituciones del Estado, y si quisieran hacerlo, controlar el funcionamiento del Poder Ejecutivo e impedir o al menos hacer que se castiguen la corrupción y los abusos gubernamentales.

Ahora bien, en términos generales, los diputados que terminarán sus funciones a principios de enero del año próximo han dejado mucho que desear. Salvo algunas excepciones muy raras y honrosas en las tres bancadas —liberal, sandinista e independiente— prácticamente todos los diputados de este período constitucional se ocuparon mucho más de sus asuntos personales y partidistas, apañar la corrupción, negar justicia a quienes acudieron ante ellos a solicitar su mediación, y hasta protagonizar vergonzosos escándalos personales, que de velar por los intereses de los ciudadanos a los que supuestamente representan. Y lo peor es que muchos de estos diputados seguirán ocupando sus escaños y disfrutando los privilegios parlamentarios en los próximos cinco años, inclusive algunos que han sido directamente señalados como artífices y beneficiarios de la piñata sandinista, y participantes o cómplices de la corrupción en el actual gobierno liberal.

Es obvio que la mayoría de los diputados liberales y sandinistas que serán “electos” el próximo domingo, llevan la misión de seguir aplicando el pacto libero-sandinista y protegiendo la corrupción. Y por lo tanto es muy poco lo bueno que se podría esperar de la próxima Asamblea Nacional. Sin embargo, ésta podría al menos mejorar un poco si se pudiera formar una tercera fuerza parlamentaria para que haga un balance entre las bancadas liberal y sandinista. Una bancada independiente que perfectamente se podría formar si una cantidad importante de electores liberales y sandinistas ejercieran el “voto cruzado”, a favor de las listas de candidatos a diputados del Partido Conservador. Ese podría ser un primer paso hacia el objetivo de elegir en el futuro a los diputados que realmente Nicaragua se merece.  

Editorial
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