Hay mucho en juego el 4 de noviembre

Francisco Aguirre Sacasa

¡Por fin! Nicaragua está en la recta final de una campaña política que ha sido larguísima —sobre todo si incluimos las elecciones municipales del año pasado— y costosísima. Según cálculos conservadores, nuestro gasto por voto llegará a US$30 este año, haciendo de nuestro país el campeón mundial en gastos electorales per cápita.

Espero que toda esta inversión no haya sido en vano y que acudamos a las urnas en números récord. El derecho al voto en una elección libre y transparente es un logro preciado que nos ha costado mucho obtener como nación. Sería una lástima desperdiciar esta oportunidad de influenciar a nuestro futuro. Es más, a mi juicio, el que se abstiene de votar no sólo está abdicando a su responsabilidad ciudadana, sino a su derecho de criticar el resultado de estos comicios y nuestro sistema político. Esto sobre todo en una contienda —como la actual— en que las encuestas indican una elección reñida en que todo voto contará.

Hay mucho en juego el 4 de noviembre. Nicaragua estará escogiendo su líder en un momento en que todo indica que el mundo está entrando en un proceso de recesión —algunos temen de depresión— que requerirá de un manejo atinado de nuestra economía para minimizar el desgaste social para nosotros de esta coyuntura mundial, y de la resaca de nuestros propios errores internos incluyendo la crisis bancaria del año pasado que ha dejado a nuestra economía averiada y vulnerable.

Además, está en juego nuestra joven y todavía frágil democracia. Dependiendo de los resultados del cuatro, o tomaremos un paso gigante para adelante en nuestra búsqueda de una más perfecta democracia, o podríamos echar un desastroso paso hacia atrás —sobre todo si el perdedor no respeta el resultado de las urnas y provoca una crisis electoral. ¡Ojalá este peor escenario no se dé!

En cuanto a por quién votar, eso está, por supuesto, a la conciencia de cada uno. Pero yo estoy claro que Enrique Bolaños es el candidato que más nos conviene a todos los nicaragüenses.

Tuve la oportunidad de trabajar con don Enrique cuando él era nuestro Vicepresidente y yo estaba de Embajador en Washington y, luego, en mis primeros días de Canciller. Durante esas ocasiones, pude constatar su eficiencia, sus poderes de persuasión, su decencia y don de gente y el respeto que engendraba.

Fue con su ayuda —durante una visita a Washington en 1997, por ejemplo— que se logró la Ley NACARA que le brindó la residencia a 55,000 nicaragüenses que se encontraban ilegalmente en los Estados Unidos, y la tranquilidad a cientos de miles de sus parientes y seres queridos en Nicaragua. Y una brillante presentación que él hizo en el Congreso norteamericano en 1999, contribuyó enormemente a que el Gobierno estadounidense aprobase un generoso programa de ayuda a Centroamérica después del Mitch, cuando esta ayuda peligraba porque los Estados Unidos estaba enfocado en la situación de Kosovo y había olvidado el Istmo.

Vi, además, con mis propios ojos cómo don Enrique inspiró confianza en el sector privado internacional —primero con BellSouth cuando visitó sus oficinas centrales en Atlanta y luego con Enron cuando ésta estaba en negociaciones delicadas con nuestro gobierno y estaba en la balanza una inversión multimillonaria en nuestra nación.

Pero quizás lo que más me impactó de don Enrique fue la humanidad que demostró en un viaje que hicimos juntos de Miami a Caracas, a finales del 2000, cuando él me cedió su asiento de primera clase en el avión porque yo estaba recién operado de la rodilla y, según él, yo necesitaba más que él, el confort del asiento más amplio. Ese tipo de gesto en una persona en las alturas del mundo político es poco usual y demuestra la caballerosidad y nobleza de don Enrique

Porque Nicaragua necesita una mano experimentada en el timón en los difíciles días que nos esperan —una mano que cuenta con el apoyo entusiasta del sector privado que está llamado a ser el motor de nuestra economía—; porque nuestro frágil experimento con la democracia necesita de un hombre valiente que se lo jugó todo luchando por la democracia en los años ochenta cuando era peligroso hacerlo; porque Nicaragua necesita de un hombre que goza del respeto de la única superpotencia del mundo —los Estados Unidos—; porque necesitamos un candidato con una larga trayectoria de integridad, de impecables valores familiares y de conciencia social; y porque quiero a Nicaragua y aspiro lo mejor para mi patria, le daré mi voto —orgullosamente liberal— a don Enrique Bolaños.

El autor es Canciller de Nicaragua  

Editorial
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