Los brujos y los analistas

Joaquín Absalón Pastora

La soberanía de los oídos tendrá que ser tolerante con los brujos y los analistas. Los “profetas” comenzaron a plegar por los aires sus voces.

Lo primero que hacen es virar las pupilas quinientos años atrás. Están sacando del tronco de Nostradamus los más catastróficos augurios.

Renacen, se juntan los “astrólogos” hurtando signos de las alturas en competencia con los irremediables analistas y traductores de la Biblia. El Pentateuco y el islamismo están siendo des-hojados. Los pensadores salen del silencio para contorsionarse en las tablas del “vedettismo” esotérico.

Así, aprovechándose del doloroso ruido sobre los elevados aceros del poder económico y militar de los Estados Unidos, establecen fluctuaciones sucesivas dentro de las cuales se pasean de izquierda a derecha, de Oriente a Occidente, de la verdad a la mentira.

Un paradigma en la atmósfera de la diversión astrológica no podría escaparse del tumulto de la fantasía, de la especulación de la falsa sabiduría: Donald Casco. Como él existen muchos en todas partes. Surgen a montones inesperados exponentes de la religiosidad, de la política, de la eternidad de los años. Convergen para presentarse en sociedad o hacer “su debut de vedette”. Pero otros nos ilustran. Están en minoría.

Maniobrando el dedo gordo en el juguete digital, dos de esos participantes en las ruedas de la televisión, en nuestro concepto, acertaron: El doctor Silvio de Franco y un analista del islamismo de nacionalidad colombiana. El primero dijo: “El mundo cambió desde el once de septiembre del dos mil uno”. El segundo fue terrible: “Este es un problema que no tiene solución”.

Ciertamente Los Estados Unidos no serán los mismos. A partir del once de septiembre del 2001 descenderá —y no gradualmente— la tolerancia. La seguridad, sin haber madurado mucho los efectos del ataque, está designada por las inmensas circunstancias para ocupar el primer lugar. Y con mucha seguridad no puede haber mucha libertad. No es que ésta se vaya a suprimir porque ello desvalorizaría su posición cimera en el mundo en ese campo y alteraría el hermoso preámbulo de su Constitución. Pero sí está sujeta a ser concordante con el nuevo temperamento.

Los riesgos de la democracia permitieron que los secuestradores metieran toda la cabeza en las Torres Gemelas y en el Pentágono. La vulnerabilidad nunca presentida fue decretada el once de septiembre del dos mil uno, razón más justificada para que nazca una nueva era en el marco de todo: del libre comercio con énfasis en el de las armas, de la supresión amistosa con los sectores sospechosos del mundo, de la apertura de fronteras, del acceso a los vuelos, de la política migratoria. Son algunas de las limitaciones planteadas en una emergencia de larga duración.

El otro analista no entra a las nebulosas de la dualidad en cuanto a la esperanza de una salida: es implacable; el problema es eterno, no tiene solución. No lo arregla ni la guerra ni la paz. El choque arranca desde que Eva es la primera madre de la humanidad.

La fe musulmana se propagó con la fuerza y la espada. Entre líneas promociona el suicidio cada vez que promete el paraíso a todos los que mueren por la fe. Los secuestradores aceleraron la velocidad de las naves para acelerar simultáneamente su ingreso al reino de la felicidad. El lema: “Todo musulmán es hermano de otro musulmán” es aplicado en no pocos casos con criterio vengativo. Sufre tergiverzación en el canto del Corán: “El que mata a uno mata a la humanidad”.

La doctrina fundamentalista es una catilinaria de la imaginación. La imaginación enardecida produce esos secuestros.

Andariegos en los camellos desde el comienzo pretenden al mundo para el islamismo. Como todas las religiones extendidas por lejanos y diversos territorios, la islámica se ha corrompido.

El último efecto de esa terrible desviación se dio el once de septiembre del 2001. A partir de ahí cambia el mundo, aunque el problema sea eterno y por lo tanto carezca de solución.

El autor es periodista  

Editorial
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