Marco A. Valle M*[email protected]
La declaración final que —en el marco del Plan Puebla Panamá— firmaron recientemente los presidentes centroamericanos y el de México, expresa la concepción que sobre integración regional prevalece actualmente: mecanismo idóneo para complementar los esfuerzos nacionales dirigidos a promover el desarrollo económico y social de los pueblos.
Esta noción de integración no ha existido siempre en la región. Desde 1821 hasta hoy se ha desplegado un entrecruzamiento de concepciones que han inclinado la balanza a remarcar que lo fundamental es el factor externo, relegando explícita o implícitamente lo nacional a un segundo lugar. No sólo en el siglo XIX dominó esa apreciación, sino también en el siglo XX y todavía hoy existen voces que en el ámbito integracionista sobrestiman lo regional e internacional, olvidándose que lo nacional es clave.
No nos cansamos de ejemplificar con Costa Rica ya que lo tenemos al lado. Ese país históricamente se ha concentrado en lo nacional, mientras lo externo lo ha utilizado como complemento del desarrollo interno, de tal manera que frente a la integración lo que siempre hace, de manera realista, es sacar su balance costo-beneficio, y según los resultados apoya o no las iniciativas. Los resultados están a la vista, uno de los primeros lugares en desarrollo humano en América Latina.
Por nuestro lado no hay dudas. Hemos desaprovechado la historia en peleas y peleas que forman parte de la normalidad y del círculo perverso cotidiano, llevando como resultado un país no solamente débil sino enclenque internamente y, mal preparado para aprovechar al máximo las oportunidades externas.
El Plan Puebla Panamá está allí: desarrollo sostenible, turismo, intercambio comercial, interconexión energética, prevensión de desastres, integración vial y de telecomunicaciones, y desarrollo humano. Ojalá no sea una declaración presidencial más de las que está tapizado el camino centroamericano y que atiborran los archivos nacionales, y por otro lado es hora que nuestro país aproveche de la mejor manera la integración regional y sus relaciones con México, Estados Unidos y Canadá.
Pero para beneficiarnos, el elemento decisivo se llama seguridad humana, que incluye, entre otras, seguridad jurídica, financiera, alimentaria, ambiental, salud y, ciudadana. Y dicha seguridad está a niveles rasantes. Sin avances institucionales entendidos no sólo como modernización de organismos, sino también como transformación de lo autoritario en valores, tradiciones y costumbres guías democráticas, es imposible que sentemos las bases para cambiar la situación de inseguridad reinante.
Un ejemplo es la crisis actual, más las que vendrán, tal como la que puede darse con la proclamación del ganador del 4 de noviembre, que llevaría al país al caos y la violencia mortal. ¿Cómo este Estado podrá atraer inversión extranjera y aprovechar las oportunidades del sistema internacional si es incapaz de llevar con orden, transparencia y tranquilidad las elecciones generales?
Hay que estabilizar y dar seguridad a nicas y extranjeros, de lo contrario otros se llevarán los frutos del PPP, así como de las imbricaciones económicas y financieras que pueden hacerse a través de México.
Sólo un país democrático y próspero en el ámbito interno puede aprovechar la integración como complemento, de lo contrario se quedará enclenque adentro y hacia fuera.