El recuerdo de un juez transparente

León Núñez

“¿Y la melodía?”, fue la pregunta que, moviendo sus dedos en señal de dinero, me hizo el Juez de Distrito cuando le expuse las razones por las cuales debía ordenar la libertad de mi defendido. Y estando el juez en plena disertación sobre la conveniencia de que a toda defensa se le pusiera “melodía” lo interrumpí para presentarle a la esposa de mi cliente.

“Señora, ¿anda buñiga?”, preguntó el juez. La señora asintió con la cabeza, y le pidió que hablaran a solas. “Yo nunca hablo a solas con nadie. Yo no soy de los jueces que cobran por debajo de la mesa; a escondidas. Yo soy transparente. Yo cobro públicamente”, dijo el juez en voz alta, dentro de la oficina -atiborrada de gente- en donde trabajaban los secretarios.

“Por tres mil bolas yo le saco a su marido”, le dijo el juez a la señora, y seguidamente le preguntó “¿las anda, las anda completas?”. “Si las anda, escúpalas en la mesa, y si no las anda, vaya a buscarlas porque yo no fío”. Después que la señora contó los tres mil córdobas y los puso sobre una mesa, el juez con voz estentórea y dirigiéndose a uno de los secretarios le dijo: “hacé la orden de libertad de ese inocente”.

A todos los presentes les costaba creer lo que estaban viendo. El juez lo notó, y empezó a justificar su conducta transparente diciendo, en primer lugar, que era la manera de evitar que los abogados le robaran a él y a los clientes, y en segundo lugar, que era un modo de reducir los costos de la justicia.

Alegaba el citado juez que en este país habían verdaderamente jueces honestos, pero que eran injustamente tildados de ladrones, porque la mayoría de los abogados siempre pedían a sus clientes dinero “para el juez”; que entonces los comentarios adversos de los clientes se regaban como pólvora y que los jueces honrados, con sus orejas frías, terminaban con fama de ladrones sin haber robado. “Esto no va a pasar conmigo”, dijo el juez con tono firme.

Por otra parte, también decía el citado juez que abundaban los casos de jueces deshonestos que realmente vendían la justicia; jueces que le cobraban al abogado, por ejemplo, diez mil córdobas, pero que el abogado se “dobleteaba a su cliente” diciéndole que el juez cobraba veinte mil.

Prosiguió diciendo el juez que él iba a terminar con esas “prácticas abogadiles” que encarecen la justicia, porque se iba a entender directamente con los “clientes”, y que de esta manera la justicia sería menos cara porque la venta se haría directamente “del juez al cliente”, es decir, “del productor al consumidor”.

Debo reconocer que el juez era un hombre chispeante, con un gran sentido del humor. No había quien no disfrutara de su lenguaje pachuco y de sus ocurrencias. Todos los días bebía guaro. Se emborrachaba, pero no hasta caer. Era un espectáculo verlo y oírlo hablar en una mesa de tragos. La verdad es que a casi todo el mundo le caía bien.

A los pocos meses empezaron a acumularse contra él una gran cantidad de quejas. Se comentaba que pronto iba a ser destituido. Un día me dijo que todas las quejas le daban risa, porque todas terminaban siendo engavetadas por el magistrado que lo había nombrado.

El juez comentaba públicamente que su sueldo era de tres mil córdobas mensuales y que “redondeaba” veinticinco mil, pero que en realidad sus ingresos eran de veintidós mil córdobas al mes porque su sueldo se lo entregaba íntegramente al magistrado a quien debía su nombramiento.

En una ocasión me manifestó que “el jefe” -así llamaba al magistrado que lo protegía- lo iba a nombrar en uno de los Juzgado de Distrito para lo Civil de Managua por veinte mil córdobas mensuales, y que él consideraba que se trataba de un precio razonable porque en esos juzgados cada juez “redondeaba” sumas no inferiores a los ciento cincuenta mil córdobas mensuales.

No debo revelar el nombre del magistrado porque pueden ser mentiras las afirmaciones del juez, y tampoco debo revelar el nombre del juez porque lo que importa es el “fenómeno judicial” de que en el juzgado a que nos referimos -un juzgado de provincia- solamente a los pobres les caía “el peso de la ley”.

Este relato, que sucedió entre los años 1973 y 1978, bien podría formar parte de una historia de anécdotas de la administración de justicia en Nicaragua, aunque enmarcada dentro de la teoría anecdótica de la tragedia. “También a la tragedia se le pueden exprimir muchas gotas de humor”.

Este recuerdo, que hoy cuento a mis lectores, vino a mi memoria cuando terminé de leer las últimas declaraciones del distinguido magistrado Arturo Cuadra Ortegaray sobre la pobreza y la administración de justicia en nuestro país.

* El autor es escritor y abogado.  

Editorial
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