Algo nunca visto

El lenguaje procaz que el Presidente Arnoldo Alemán y el diputado al Parlamento Centroamericano, Sergio García Quintero, han usado en los últimos días para insultarse mutuamente, es algo que no se había visto nunca antes en la historia nacional, y debe motivar a una reflexión profunda sobre el modo de hacer política en Nicaragua, pero sobre todo para rectificarlo.

Ciertamente, este vergonzoso episodio es un reflejo de la degradación de la política nicaragüense pero también de la descomposición moral de toda la sociedad, puesto que la política es una expresión social y los ciudadanos escogen consciente y voluntariamente a sus líderes políticos y gubernamentales.

“Allí dónde veáis que hay un lenguaje pervertido es porque hay una sociedad en decadencia”, advirtió Lucio Annea Séneca, el filósofo estoico hispano-romano del siglo I, quien se refería obviamente a la degradada Roma neroniana, pero cuyas palabras parecieran haber sido dichas para la Nicaragua de ahora. Mucho tiempo después de Séneca, el filósofo y lingüista austriaco del siglo XX, Ludwig Wittgenstein, demostró que los límites del lenguaje de una persona son los límites de su propio mundo y que las perversiones del lenguaje revelan las perversiones del mundo de quien habla y, en definitiva, las perversiones de su espíritu.

Tomando en cuenta esos principios de Séneca y Wittgenstein se considera habitualmente que el uso del lenguaje en la vida social y política enaltece o degrada el buen gusto, la dignidad y el espíritu de convivencia de una sociedad. O sea, que así como el uso de un lenguaje correcto cultiva y fortalece los valores políticos y morales de las personas y de la sociedad, el lenguaje vulgar e irrespetuoso envilece dichas relaciones y socava las bases de la convivencia humana.

A decir verdad, nunca antes el lenguaje en la política de Nicaragua había sido tan afrentoso como ahora. En el siglo 19 fue electrizante la discusión pública del Presidente Fernando Guzmán y su grupo llamado “La Montaña”, con el bando de oposición que encabezaba el periodista Carlos Selva, pero ellos eran caballeros que preferían llegar a duelo en vez de envilecer el debate con vulgares exabruptos. En honor a la verdad histórica, los políticos gobernantes y de oposición en Nicaragua siempre prefirieron tener “pico de cera” antes que ser bocateros, y a pesar de las enconadas luchas partidistas procuraron comportarse a la altura de la dignidad de sus cargos.

Se conoce que durante el régimen somocista un diputado liberal acusó a un colega (de oposición) de tener gustos homosexuales, pero la imputación fue en privado y sólo repercutió en el círculo de los mismos parlamentarios. Es cierto que las publicaciones somocistas difamaban a los opositores pero personalmente los Somoza -García y Debayle- nunca usaron en público exabruptos vulgares como los que se escuchan ahora en las altas esferas del poder político. Y bajo el sandinismo también sus medios de propaganda difamaban a los opositores -inclusive a sacerdotes católicos- y los comandantes amenazaban cortar las manos de quienes hicieran huelgas y decían que faltarían árboles para colgar a los contrarrevolucionarios internos, pero no usaban en público palabras procaces para insultar a sus adversarios.

Y con mucha mayor razón ahora que Nicaragua vive en democracia –a pesar de todos sus defectos y limitaciones- no hay justificación para que los dirigentes del país usen exabruptos en la comunicación verbal entre ellos ni con los ciudadanos, puesto que la procacidad en el debate político es absolutamente reprochable y despreciable, porque ofende la dignidad de las personas y daña la convivencia de la sociedad.

La política es también pedagogía y sobre todo las personas que ejercen cargos de poder público y representación popular, tienen la obligación de hablar y comportarse de una manera ejemplar ante la sociedad, particularmente ante la juventud de hoy de la que van a salir los líderes y gobernantes del mañana.

Los políticos que aspiran a ser electos popularmente en noviembre próximo para gobernar y representar a la nación, deberían comprometerse públicamente a que no van a seguir por el camino degradante y vergonzoso que se ha venido siguiendo hasta ahora.  

Editorial
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