Joaquín Absalón Pastora
Todavía deben estar abrigados, fue la respuesta del vigilante cuando le preguntamos por qué no estaban en su lugar “los servidores del pueblo”.
Eran las ocho de la mañana. Cuando el reloj las activa, queda encendida al mismo tiempo la mecha del trabajo.
Suponiendo que “quien madruga come pechuga, aunque “no por mucho madrugar amanece más temprano”, llegamos a un Ministerio exactamente a la hora de apertura laboral. Y nos encontramos con la más deprimente soledad. A las ocho de la mañana miles de cerebros deberían mantener la lámpara encendida para animar con sus luces el desarrollo de la República en vez de ser la sábana la madrina de la pereza. Todo tiene su límite pero estar bostezando cuando el horario exige acción, es algo que constituye un aberrante defecto en un país tan desesperado en la capacitación de los recursos humanos engendradores de recursos económicos.
Debe hacerse la salvedad de que esta irregularidad no cubre a todos los aludidos en el servicio público.
No todas las vidas laborales renacen tardíamente. Sin embargo, esta excepción es minoritaria.
Pero siguiendo con el rito de la rutina, la mayoría de los empleados públicos no sólo llegan tarde sino que ya cuando son las diez de la mañana en vez de calentarse el procedimiento ejecutivo, se está pensando en asistir al pasillo para “charlar” con la prolongada asistencia de una taza de café o, en algunos casos -ocurría en los alrededores de aquel Palacio Nacional del viejo Managua-, buscar el “vaho” y engullírselo para volver después al escritorio padeciendo la proverbial pesadez digestiva. Entre el café, el “vaho” y el refresco puede perderse aproximadamente media hora. Luego enlaza el almuerzo con siesta de pie, ampliamente extrovertida.
Es justo y humano aprobar la necesidad del descanso. Una leve pausa concuerda con la estrategia de sacarle dividendos al rendimiento. El “pegón” está en el abuso.
Los minutos siguen siendo breves para el trabajo y lo que más toma tiempo “es volar lengua”.
“Hora de Ministro” le llamaban antes a las “diez de la mañana” hora en que llegaba el funcionario exhibiendo todavía los efectos de su vida nocturna social.
A las nueve de la mañana muchos expedientes atrasados reclaman “ponerse al día. Mucha gente espera la solución de sus casos, la disminución de sus penas. Y este reclamo implica también a los ministros a quienes compete la obligación de ejemplarizar con la puntualidad. Un mal ejemplo -de holgazanería dado por ellos- introduce una puñalada en el pecho de la nación. Las voluntades suman y la suma auténtica de ellas es el tesoro del país.
El saldo de papeles dejados en el escritorio la tarde anterior mantiene virginal su desorden. El piso conserva las migajas. La escoba acostada también se levanta tarde.
Eran las diez de la mañana cuando estábamos ahí -en el Ministerio- y la plena actividad perfilaba síntomas de resistencia. Diríase por las experiencias comprobadas que las máquinas de escribir sueltan sus primeras bombas de luz entre las diez y media de la mañana y las doce del día. Y no hablamos de los lunes: ese día amerita capítulo aparte en cuanto a describir el aburrimiento. Cada lunes no se apaga la vela del fin de semana anterior: se revive y recuerda.
Ya en las horas profundas de la tarde -antes de las cinco- la preocupación consiste en estar pendientes de la hora de salida, muchas veces con una hora de anticipación. Obviamente nos referimos al horario vigente que va: de ocho de la mañana a doce del día, y de dos a cinco de la tarde, aunque en algunas oficinas públicas el telón se cae a las cuatro de la tarde. Las horas finales simbolizan el orgasmo total de la tortuga. Las miradas están puestas en el reordenamiento de las maletas, la actualización cosmética, el lápiz no es para escribir si no para embellecerse y dirigir la mirada a las puertas de la casa.
Antes de la salida los empleados se hacen rogar y sólo que el superior los atice se puede lograr el servicio demandado.
Salimos del edificio con el “folder” debilitado por la ineficacia de las atenciones y los papeles pendientes para el día siguiente.
¿Y del sábado? Ese día se corona la síntesis del cansancio. Ese día se ocupa para hacer los proyectos del fin de semana.
Escribimos lo anterior a propósito de haberse apobado un nuevo término laboral: de siete de la mañana a dos de la tarde.
En la época de los Somoza el horario era de siete de la mañana a una de la tarde. Quién de la generación del cuarenta no recuerda el pitazo de la una de la tarde oído en cualquier punto de Managua. Era el reloj gratuito y sin pulsera.
Se dice que la medida obedece a la necesidad de ahorrar energía y otras adyacencias.
La inspiración para corregir el horario tiene fundamento. Bien podría esenciarse en lapso corrido la actividad pública diaria. Si algo impide los efectos útiles de esta modificación es nuestra idiosincrasia. La apertura teórica sería a las siete de la mañana, la práctica a las ocho de la mañana. La salida tomaría el mismo rumbo. Y si hubiese pausa como sería lo justo se reduce el espacio para el trabajo.
* El autor es periodista.