El uso racional del agua

Adolfo Bonilla

Lejano está el día en que en Nicaragua no había escasez de abastecimiento de agua, porque nuestros aborígenes se instalaban cerca de una fuente de ese vital líquido (que no estaba contaminado) y además las concentraciones de habitantes no eran tan numerosas. Aún en tiempos de la colonia y en el período poscolonial no se conocían los problemas que en estas últimas décadas ha estado experimentando el país en este aspecto, causados por diversos factores.

La modernización (aunque atrasada) de la vida humana en esta nación, junto con los traumas políticos, económicos y sociales casi permanentes que padece la ciudadanía han evidenciado que hace falta preparar adecuadamente a la gente para enfrentar los primeros decenios de este nuevo milenio, los que darán la pauta a seguir en el rumbo correcto. No hay que olvidar que el cuerpo humano está compuesto al menos en un 70% de agua y que por consiguiente no sólo se tiene que apreciar el valor de este elemento, sino que también se tienen que tomar las medidas apropiadas para asegurar el futuro de las nuevas generaciones en este particular.

En la actualidad existe un desprecio casi criminal del agua procesada en Managua. Por ejemplo, las mangueras se dejan chorreando agua en céspedes, jardines y similares hasta por varias horas; hay quienes en vez de limpiar patios y aceras con escobas lo hacen con un chorro de manguera. La llave de la ducha pasa abierta todo el tiempo que la persona se baña (aunque no la ocupe); de igual manera sucede con el lavamanos, cuando alguien se afeita o realiza cualquier otra actividad relativa. Generalmente no se sabe para qué sirve el tapón del lavabo porque nadie lo usa y más bien lo arrancan. No se sabe que es precisamente para economizar ese líquido imprescindible para la existencia de la vida.

Sin embargo, existe otro segmento poblacional que se va al otro extremo. Ordinariamente, en las comiderías, refresquerías y negocios parecidos —especialmente los ambulantes— lavan los trastos una gran parte del día con el mismo balde de agua, como si fuese reciclable, sin percatarse que se está poniendo en peligro la salud de los comensales (propios y extraños).

Definitivamente que habría que emprender una campaña sólida sobre este tema, la cual debe penetrar en los núcleos familiares, en las escuelas (desde el preescolar), en las calles, en todas partes, a fin de evitar mayores daños de distinto orden. En esto tiene que involucrarse todo mundo, pues se trata de aprender a hacer uso racional de los recursos naturales. Sin agua no hay vida. Así de sencillo.

No se trata de solidaridad de clase, ni de partido ni de grupo, sino solidaridad con la especie humana (todos somos una sola raza, según el recién descubierto genoma humano), solidaridad con las generaciones que reemplazarán a los que ahora vivimos en este triángulo geográfico que es Nicaragua. Utilicemos la inteligencia. ¡Dejemos una buena herencia!

* El autor es periodista.  

Editorial
×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí