- En 1990, el candidato sorpresa se llamó Fujimori. En el 2000, se llamó Toledo. En el 2001 se llama el voto en blanco o nulo
Alvaro Vargas Llosa*
LIMA.– Alejandro Toledo votó en blanco en las elecciones de 1990, cuando se disputaban la Presidencia Alberto Fujimori y Mario Vargas Llosa. Es una deliciosa finta del destino el que, una década después, el candidato Toledo y el voto blanco o nulo rivalicen por el primer lugar.
En 1990, el Perú entró en coma cívico y produjo a Fujimori. Veníamos de un desastre tras otro. El peor de ellos: Alan García. El país dejó de creer, de confiar. Por eso fue tan fácil el golpe de 1992: un país psicológicamente desarmado y cívicamente yerto fue rápida presa de los conspiradores. Tras el fraude electoral del 2000, hicimos la resistencia en las calles, bajo el liderazgo de Alejandro Toledo. Entre las cosas que me animaron a acompañarlo, menciono la principal: el nacimiento de un cierto sentido de ciudadanía y sociedad civil.
Pero Toledo ha dejado de ser el candidato de la sociedad civil y ha pasado a ser gradualmente uno más de una clase política cuyo fracaso dio a luz a Fujimori. Diversos episodios han llevado al país a desconfiar mayoritariamente de él: su pacto con el tercer hombre de la dictadura para compartir la mesa directiva del Congreso, una hija no reconocida y sospechas de que torció la voluntad de los jueces en diversos procesos, un contubernio, para encubrir el caso de la niña, con el mismo dueño de Frecuencia Latina sobre cuyo pasado el candidato se jactó en varias ocasiones de tener información grave, y, más recientemente, unos dineros de campaña que acabaron en sus cuentas personales en el exterior. La conducta de Toledo no augura nada bueno en el poder. Si tuviésemos defensas institucionales y cívicas frente al gobierno como las que el tiempo ha ido erigiendo en las democracias maduras, no sería el fin del mundo. Pero en las actuales condiciones, es casi imposible que Toledo respete por voluntad propia las reglas de juego: cuando estas sospechas resurjan, acabada su luna de miel, se verá obligado a presionar jueces, empresarios, medios de comunicación y parlamentarios para protegerse. No olvidemos que la jueza que lleva el caso de su hija no reconocida sufrió una paliza hace pocas semanas y el expediente ha desaparecido súbitamente del tribunal donde debía estar. Con una clase dirigente tan debilitada por las consecuencias penales de su propia complicidad con Montesinos, ¿qué tipo de democracia terminaremos construyendo?
Nada de esto sería un problema si el candidato alternativo –Alan García– fuera decoroso. No lo es, precisamente porque se ciernen muchas sombras sobre su honorabilidad, que él no disipó al acogerse a una prescripción de cargos conveniente pero inquietante en quien aspira otra vez al poder. Su gestión, para decirlo en una frase, incubó a Fujimori.
¿Qué hace un país ante una disyuntiva tan acongojante? Diversas posibilidades. La pistola en la sien es una; no la mía. O taparse la nariz, como dice la ex candidata Lourdes Flores, y votar por uno de ellos; otra es votar por Alejandro Toledo sólo porque García parece peor.
Todas opciones derrotistas. Yo prefiero resolver en mi conciencia este dilema ejerciendo una opción reservada para las más excepcionales circunstancias: el voto blanco o nulo. Además de ser constitucional, este voto, por el que el escritor Jaime Bayly y yo hacemos campaña sin arrogarnos la representación de nadie, garantiza mejor la continuidad de las recientes conquistas. Si Toledo ofrece peligro porque podría desbordar el marco legal o democrático, y si la alternativa ofrece cosas no mucho más edificantes, el tercer candidato es nuestro seguro de vida democrático. Queremos enviarles el mensaje de que su presidencia –sea cual sea el ganador–, será objeto de una vigilancia civil estricta que empieza el día mismo de las elecciones, fijándole al ganador, con un voto en blanco o nulo muy alto, unos parámetros que no pueda desbordar aún si lo intenta. El tercer candidato hace de los otros dos mejores presidentes. El voto blanco o nulo no debilita la legitimidad del ganador: obliga al ganador, desde el primer día de gobierno, a actuar para ganarse la confianza de una ciudadanía que él sabe recelosa y, sobre todo, dispuesta actuar. El tercer candidato, que es el que puede prevenir los desmanes de un presidente Toledo o un presidente García sin vulnerar su derecho a gobernar, es la mejor esperanza del Perú.
El principal perjudicado por el voto en blanco, según los sondeos, es García, pues el voto joven que él había seducido se desplaza hacia el voto blanco o nulo. En verdad, no importa: cuando un país en el estado de emergencia por el que atraviesa el Perú decide que no confía en ninguno de los dos candidatos posibles, comparar el grado de desconfianza que generan ambos resulta estéril, pues lo urgente es tejer una red cívica capaz de soportar cualquier grado de barbarie emanada del poder. También es estéril ver a cuál de los dos candidatos sospechosos beneficia más el voto blanco, pues el principio en juego es de la legalidad y el Estado de Derecho, ambos bajo peligro si García o Toledo hacen lo que tememos.
En 1990, el candidato sorpresa se llamó Fujimori. En el 2000, se llamó Toledo. En el 2001 se llama el voto en blanco o nulo, que en el Perú de hoy es el otro nombre de la conciencia cívica. [©FIRMAS PRESS]
* Escritor y periodista peruano.