Marco A. Valle *[email protected]
¿Vale la pena destruir Nicaragua con tal de ganar las elecciones del próximo cuatro de noviembre? Los acontecimientos violentos de las últimas semanas sugieren que hay fuerzas con deseos de hacer lo que sea para triunfar, no importa lo que le pase al país. Y, el problema se vuelve más delicado cuando esta violencia electoral se mezcla con debates sobre problemas nacionales y, con un ascenso de la violencia común, donde está apareciendo con mayor frecuencia la participación de adolescentes y niños.
Los dimes que te diré, el verbo altisonante, las acusaciones y contraacusaciones, las denuncias que se quedan en denuncias, ya sean sobre el triángulo minero, helipuerto, bienes de contralores, inhibición de candidatos, certificación de firmas, reformas a la ley tributaria, asalto a bancos, quiebra de bancos, crisis cafetalera, repunte de suicidios y delincuencia juvenil, amenazas en derredor al derecho a la vida, problemas con Honduras y Costa Rica, etc. son una muestra de la mezcla violenta actual que, si no se modera, llegará a niveles insospechados en los próximos meses.
Para nadie es un secreto que en un año electoral hay que esperar que la temperatura política suba unos grados más que en años ordinarios y, que aparezcan ejes de ataque unos más otros menos añejos, pero en fin casi todos conocidos. Ejemplos son corrupción, democracia, mal gobierno, enriquecimiento ilícito, violación a derechos humanos, amenaza de guerra, desaliento a las inversiones, relaciones con Estados Unidos, pobreza, pacto, deuda externa, apoyo a la Contra, relaciones con la Iglesia Católica, caso Zoilamérica, y otros.
Lo delicado no es la existencia y rejuego de los ejes condimentados con sabor a debate, calor, tensión y ciertas salidas de tono, sino que se desborde el código de ética que debe prevalecer en la campaña, al extremo que se lesione las incipientes bases de la construcción democrática en Nicaragua, se empeore la imagen en el extranjero, al mismo tiempo que se profundice el proceso de desintegración social que no podemos –¿queremos?– revertir.
La violencia –como fenómeno multicausal–, además de muerte y lesiones físicas y psicológicas, corroe y deteriora el tejido social, ensancha más la brecha entre la ciudadanía, impacta negativamente en las redes de solidaridad, acrecienta la desconfianza, y perfora los esfuerzos que invierten diversos actores para sacar al país de la pobreza y el desempleo.
Las experiencias de los países desarrollados enseñan que, conforme el tejido social es más fuerte existen mayores potencialidades de crecimiento y equidad, siendo las élites políticas quienes tienen la mayor responsabilidad. Guardando las distancias, la sociedad es parecida a la familia donde las élites son las que dan el ejemplo, cuestión que se ve clara en esta campaña, pues los miembros de los partidos se expresan y mueven al son de lo que las élites dicen y hacen.
En resumen, hay que desechar la violencia y la confrontación, incorporando ejes basados en propuestas, en programas de gobierno, cuyo debate inspire un futuro mejor para todos y todas. Los partidos políticos tienen un reto: desarrollar una campaña electoral de altura que –en medio del calor y pasiones– promueva la paz, el respeto y la integración social.