Crisis de valores avanza

Juan Carlos Santa Cruz

El proceso de deterioro de valores no es algo que ocurra de un día para otro. Sostenemos que en Nicaragua ha ido tomando auge de manera creciente la formación y consolidación de antivalores que ponen en riesgo la estabilidad emocional y moral de la sociedad en su conjunto. Los problemas macrosociales y estructurales repercuten en las familias y sus componentes, los que establecen las más diversas estrategias para enfrentarlos, unos por el camino honrado y otros a través de la descomposición social. El primer bloque de antivalores se expresa en la manipulación de valores en el ámbito religioso.

Son de conocimiento público las manifestaciones de curanderismo, espiritismo, sectas del más variado tipo, incluyendo a videntes, adivinos, etc. Se trata de diversas formas en que los sectores sociales más vulnerables exponen su incertidumbre, estimuladas por “expertos” que insisten en dar respuestas personales a ciertos “males” individuales (envidia, brujería, etc). Pensamos que esto debería preocupar por igual a católicos y evangélicos, ya que parte de los incautos ciudadanos pertenecen a ambas iglesias. Es de hacer notar que estas entidades mezclan en sus habladurías, menciones constantes a Jesucristo, cuya nominación es como una especie de atracción fatal. Su número (incluyendo locales de “atención a pacientes”) podría llegar a cifras sorprendentes.

El segundo bloque de crisis de valores se focaliza en las personas y generalmente repercute en la familia y su entorno. Nos referimos a incertidumbres que desembocan en drogadicción y alcoholismo, e incluso prostitución encubierta. Los individuos tratan infructuosamente de dar respuestas a sus crisis existenciales afectando su salud física, sicológica y moral. La ola de suicidios de jóvenes caería en este ámbito. Lo más preocupante es que estos antivalores tienen particular incidencia en la juventud, y no siempre por problemas económicos sino por su deficiente entorno familiar. Un tercer bloque de antivalores trasciende al individuo para afectar a terceros. Se trata de violencia ejercida en sus diversas formas. El primer subgrupo del bloque, lo encabeza la violencia intrafamilar hacia niños y mujeres, llegando a extremos de abusos sexuales y asesinatos.

El otro subgrupo lo componen asaltantes comunes individuales u organizados; finalmente el subgrupo correspondiente a la corrupción, narcotráfico y lavado de dinero. Se presume que en este último siempre aparecen fuertes vínculos con el poder. Coinciden en la premisa de obtención de dinero fácil, malhabido, en donde los escrúpulos constituyen un concepto extraño. Nuestra reflexión final es que no debemos encogernos de hombros y responsabilizar exclusivamente a los gobernantes por el auge de los antivalores (que efectivamente la tienen), porque también constituye una gran responsabilidad de las familias, por tanto, el reto es para nosotros los cabezas de familia y nuestros hijos, porque al fin y al cabo, como dice el Eclesiastés “todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora”. Y nosotros le agregamos, nos llegó la hora, porque los gobernantes pasan, las instituciones quedan, y la institución familia es la más importante, y no podemos permitir que nuestros hijos caigan en las garras de los antivalores en cualquiera de sus dimensiones. No callemos, no estamos solos.

* El autor es sociólogo.  

Editorial
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