Humberto Belli P.
El diputado Noel Pereira Majano, Presidente de la Comisión de Justicia de la Asamblea Nacional, defendió hace poco la legalización del aborto. Su primer argumento fue de carácter pragmático, o práctico: “Para que la gente no venga a cometer actos delictivos a escondidas, vamos a abrir las puertas”, sentenció. Qué validez puede tener este argumento?
Para contestar bien esta pregunta cabe advertir que los razonamientos pragmáticos a veces pueden ser legítimos. Un caso, por ejemplo, fue el de la famosa ley seca de los Estados Unidos, durante los años veinte. Los legisladores americanos pretendieron desterrar el excesivo consumo de bebidas alcohólicas prohibiendo su producción. Pero sólo consiguieron la proliferación de las fábricas clandestinas y la mafia. Hay otros casos, sin embargo, en donde el criterio pragmático no funciona o se complica. ¿Qué pasaría, por ejemplo, si el día de mañana un legislador propusiera que para evitar que los funcionarios públicos roben a escondidas abriéramos las puertas para que lo hagan a la luz? Lo absurdo de la propuesta salta a la vista; estaríamos sancionando como correcto algo repugnante y en lugar de abrir una puerta estaríamos abriendo un dique.
Tendríamos que decir, entonces, que los criterios pragmáticos pueden prevalecer solamente cuando las acciones a tolerarse no son especialmente graves y los esfuerzos por contenerlas pueden ocasionar mayores males de los que se pretenden evitar. En el caso concreto del aborto tendríamos que determinar, antes que todo, si matar a un ser no nacido, o por nacer, es en sí una acción grave, o repugnante, o una acción leve similar a la de echarse un trago. Esto a su vez depende de cómo conceptuamos a ese huésped que dentro del vientre materno patea y se chupa el dedo desde muy temprano, ¿es él, o ella (los fetos tienen sexo), un objeto, similar en valor o dignidad a una muela, que incomoda, o es algo más? Estas preguntas el diputado Pereira no las abordó en sus declaraciones. Quizás por falta de tiempo. Pero es indispensable enfrentarlas. De lo contrario podríamos caer en el abismo peligroso y sin fondo de los pragmatismos sin principios. ¿Molestan los mongolitos? ¿Molestan los viejitos? ¿Por qué no eliminarlos?
Es importante recordar también que abrir las puertas a conductas delictivas o que lesionan algún derecho, no sólo es injusto, sino que puede ser contraproducente. Desde que se legitimó el aborto en Estados Unidos, éste se ha incrementado extraordinariamente. También se han incrementado, entre la juventud, cierto tipo de violencias y delitos que podrían estar vinculados a una depreciación global del valor de la vida.
El segundo argumento del diputado Pereira Majano es el de “progreso”. “No podemos estar pegados a la brocha de la Edad Media”, nos dice, “debemos tener visión del momento histórico que vivimos, incorporarnos a la evolución”. Aquí mi pariente ignora un importante dato histórico. Fue bajo el Paterfamilias romano que tanto el hijo, como el feto, se consideraban propiedad que el padre podía disponer a su antojo, hasta los extremos del infanticidio. Fue la revolución cristiana, y la teología que ésta incubó primero en el Norte de Africa, desde tiempos de San Cipriano, quienes establecieron límites a los derechos del padre reivindicando los derechos inalienables del niño(a) y del nacituro.
El movimiento abortista y la pretensión de conceptualizar el niño(a) por nacer como un objeto del cual la madre puede disponer con toda libertad, es un regreso no a la Edad Media, sino a la Edad Antigua, y una de las mayores involuciones en el pensamiento occidental de los últimos cincuenta años. No toda idea que aparece ahora es nueva. Tampoco es necesariamente mejor toda idea nueva. En el siglo XX hubo ideas nuevas atroces. (¿Nos olvidamos del Nazismo?). Las ideas han de juzgarse por sus propios méritos, no por su edad, y las leyes por su correspondencia con el derecho natural.
* El autor es rector del Ave Maria College of the Americas y miembro de la Academia Pontificia por la Vida.