El Papa Juan Pablo II reconoció oficialmente un milagro ocurrido por intercesión de Sor María Romero. Tal reconocimiento hace posible que en cualquier momento el Santo Padre declare la beatificación de la religiosa nicaragüense —paso previo al estatus de santidad—, aunque no existe un plazo ni una fecha predeterminada para tal evento. Dentro del proceso de canonización es actualmente reconocida como Sierva de Dios.
Como es sabido, Sor María Romero fue una monja de la orden de las Hijas de María Auxiliadora. Nació en Granada en 1902 y murió en Las Peñitas, León, en 1977. En 1931 su congregación la envió al hermano país de Costa Rica donde por 46 años se dedicó a servirle a los pobres. A 24 años de fallecida, sus obras sociales permanecen y funcionan con el mismo vigor y efectividad de siempre. La Casa de María Auxiliadora, en San José, alberga algunas de esas obras, como son una clínica para personas pobres que no tienen seguro social —donde son atendidos cientos de nicaragüenses que trabajan allá—, una escuela para niños de la calle y una escuela para promoción de mujeres.
Una persona que conoció muy de cerca a Sor María Romero asegura que la religiosa se hubiera “muerto de la risa” si en alguna oportunidad alguien le hubiese dicho que en el futuro ella sería elevada al honor de los altares, porque —como es típico de toda persona que está cerca de Dios— ella se consideraba indigna de tal privilegio. De hecho, la humildad era su principal rasgo característico.
Su biografía oficial está plasmada en un libro escrito por María Domenica Grassiano, una religiosa italiana perteneciente a su misma orden. Se titula: “Con María Toda Para Todos Como Don Bosco”. El subtítulo es: “Se llama María Romero Meneses de Nicaragua”. En esa obra se aprecia con claridad la personalidad de esa Sierva de Dios, y se pueden conocer al detalle muchas de sus obras y de los múltiples testimonios de milagros ocurridos por su intercesión. Pero para asomarse mejor en su alma, nada mejor que leer un pequeño libro titulado “Escritos Espirituales” en el que están consignados sus pensamientos más íntimos.
Sor María jamás pretendió ser escritora, pero acostumbraba anotar en una libreta que llevaba consigo desde 1924, no sólo aquellos sentimientos que abrigaba en su alma, sino también frases y pensamientos de muchos autores religiosos como San Agustín, Santa Teresa de Jesús, Santa Catalina de Siena, San Juan de la Cruz, e incluso de autores laicos como Víctor Hugo y Montaigne. El libro “Escritos Espirituales” recoge las anotaciones de la famosa libreta —que Sor María decía que contenía “todo aquello que daba fuerza, consuelo y entusiasmo a mi espíritu”—, pero reúne también muchos otros escritos de ella que fueron encontrados después de su muerte en pequeñas agendas, en sobres usados, y en hojas sueltas.
Cada una de las frases que se encuentran en el libro revelan un profundo amor a Dios, a Jesucristo y a la Virgen María. Sor María se refería a ellos como “mis amores”, pero muy lejos estuvo ella de reducir su espiritualidad a un estéril sentimentalismo religioso, sino que, por el contrario, su constante y amorosa relación con Dios la impulsó siempre a entregarse por completo al servicio de los pobres, sin aspavientos ni teatralidades. Su entrega a los más necesitados fue serena, concreta y efectiva.
Y es seguro que sus obras fueron fecundas —y lo siguen siendo— porque no cometió el error contrario, que hubiera sido el de lanzarse a un activismo social basado exclusivamente en sus propias fuerzas y recursos, o en el apoyo de algún donante internacional. Supo muy bien combinar acción y contemplación. Es interesante observar cómo personas altamente espirituales, como Sor María Romero o Madre Teresa de Calcuta, fueron capaces de hacer tantas obras concretas.
Uno de los pensamientos favoritos de la religiosa granadina nos ayuda a poner esto más en claro: “La acción divina no quiere encontrar obstáculo ninguno en la criatura. Todo le sirve, todo le es útil y oportuno, todo es nada sin ella, y la nada es todo con ella.”