Emilio Alvarez M.*
Debe ser muy duro para un país que fue cabeza de una gran potencia mundial, como ha pasado con Rusia, verse ahora tratada como nación de segunda categoría. Ese es el fondo de reclamo del gobierno de Vladimir Putin, cuando observó que la OTAN decidió sin consultarle, expandirse hacia el Este, cuyas naciones han sido parte del entorno de influencia y seguridad de Rusia.
Por otro lado Putin se sintió menospreciado cuando la OTAN, sin avisarle, bombardeó Serbia. No obstante, la mayor inconformidad del presidente ruso es la decisión de Bush de implementar el sistema preventivo antimisiles, argumentando que serviría de paraguas a su país contra naciones “gamarras” como Irak. Según el Kremlin esa decisión desnaturalizaría el balance de armas (ABM) convenido con Washington en 1972. En esa inconformidad Rusia no está sola, sino acompañada cuando menos por Alemania, Canadá y Francia.
En los últimos meses el enfriamiento Washington-Moscú se aplacó cuando Putin por razones humanitarias liberó a un norteamericano condenado por copiar planos sensitivos. No obstante, el clima de desconfianza se agravó de nuevo con el encauzamiento de un ex miembro del FBI, quien espiaba para la Federación rusa. A ello siguió la expulsión de 50 miembros de esa embajada, acción que fue inmediatamente repetida por Moscú. Sin embargo el clima de desavenencias es limitado, pues ambos gobiernos condenaron las atrocidades de los Talibanes de Afganistán, quienes además de destruir valiosos tesoros de la cultura budista, entrenan a terroristas que actúan en el medio Oriente.
Por otra parte, la Federación rusa no mantiene alianzas con enemigos de los EE.UU. Eso lo aclaró bien Putin en una visita a La Habana, donde se limitó a prometer financiamiento para reactivar proyectos que merecieron grandes inversiones en su tiempo por la ex URSS, aunque respalda a Castro en el asunto del bloqueo. Por encima de todo eso, el gobierno ruso se siente afectado por la pretensión de Washington de constituirse unilateralmente en “árbitro inapelable” de la seguridad internacional.
En todo caso se está formando una innecesaria atmósfera de mutua suspicacia entre el Kremlin y la Casa Blanca, demostrando que los efectos de la post guerra fría aún permanecen lo que es explicable, ya que aquélla se extinguió sin haber una clara victoria militar para ninguna de las superpotencias confrontadas y por consiguiente, el rol predominante asumido por los EE.UU., es una cuestión de hecho. Lo contradictorio del distanciamiento Washington-Moscú es que la Federación Rusa necesita de la cooperación estadounidense a través del FMI y del BM para aliviar su grave situación financiera.
No obstante, debe reconocerse que la ex URSS liquidó su imperio ordenadamente aunque con alto riesgo, con Gorbachev y Yeltsin y ahora con Putin. Ello permitió a la Unión Europea desarrollar su integración sin preocuparse por la estabilidad de su poderoso vecino. Lo que queda son celos y paranoias, pues la vitalidad de la Unión de Estados Autónomos conviene a la estabilidad global y a su vez, los EE.UU. deben tener la habilidad de hacerse perdonar su predominio comportándose con menos arrogancia, pues son una realidad dada su indiscutible fuerza militar y económica.
* Ex canciller de Nicaragua.