Recobremos la confianza

Marco A. Valle*

Cuando se escucha reiteradamente expresiones como “no confío en nadie”, o “sólo en mi familia confío, después en nadie más”, o si no “qué voy a confiar, si todos son iguales” y, se vinculan con encuestas, voces de las iglesias y contenidos de los medios de comunicación, no se puede menos que concluir que efectivamente la confianza está devaluada en Nicaragua.

La confianza nace, crece, se reproduce y no necesariamente muere, siempre y cuando las partes la alimenten cotidianamente. Ésta se juega en los diversos ámbitos de la vida social, relaciones bilaterales, familiares, vecinales, grupos, instituciones estatales, económicas, sociales, políticas, culturales y religiosas, en fin la confianza está en movimiento siempre y cuando haya dos o más personas.

Asimismo, se robustece cuando las partes, producto de las relaciones, promesas y acuerdos, aprecian que las cosas se cumplen y que la conducta del otro o la otra coincide con las expectativas esperadas, sean normas escritas o no. Si se incumple, la confianza se deteriora.

Ahora bien, dado que es irreal esperar que en las relaciones habitante–estado la confianza llegue al máximo, diremos que la existencia de un nivel aceptable de confianza en el ambiente nacional, es un factor primordial para que los habitantes –y ciudadanos- trabajen, inviertan, estudien, diriman sus conflictos, se diviertan y se desplacen por la vida con seguridad y esperanza de mejorar su calidad de vida. Lo mismo sucede con la inversión extranjera y la visión que del país tienen en el mundo, que en gran parte depende si se proyecta o no confianza.

Aquí la ciudadanía aprecia que muchas promesas se incumplen y la conducta de las élites o no están apegadas a la ley o actúan en función más de intereses de grupo y, no nacionales. Por ejemplo, se desconfía –con diversos grados– en las instituciones estatales, ya sea el Poder Ejecutivo, Legislativo, Judicial y Electoral.

Si bien es cierto que la ciudadanía ve algunas obras de progreso, también siente que buena parte de las promesas que se hicieron en la campaña electoral pasada no se cumplieron tales como hacer “el granero de Centroamérica”, además que percibe pocas esperanzas de conseguir empleo, salir de la pobreza y que se termine la noticia diaria, la corrupción.

Los partidos políticos, por su lado, están en deuda con la ciudadanía ya que, de una u otra manera, tienen acciones y promesas incumplidas que siembran desesperanza. Más aún, aunque las encuestas marquen porcentajes determinados de votantes, no significa que esos votos automáticamente sean de plena confianza, sino que una parte pueden ser de castigo, de rutina, o para no abstenerse. Es decir, las estadísticas pueden moverse a uno u otro lado.

Mas el ser humano tiene que confiar en alguien y en algo, es parte de su esencia. La campaña electoral es la oportunidad de recobrar la confianza nacional recogiendo las esperanzas, transformándolas en oferta atractiva, en conducta política coincidente con las expectativas de la gente y en cumplimiento de las promesas. La campaña arranca con un alto grado de desconfianza. Hay que trabajar porque renazca, crezca, se reproduzca y viva la confianza. Sólo así, unidos por la confianza, se podrá realizar la esperanza.

* Consultor en Seguridad Ciudadana
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