Jorge [email protected]
Las revelaciones periodísticas que pusieron al descubierto los cuantiosos ingresos del Secretario Técnico de la Presidencia, Dr. Luis Durán Downing, me motivaron a buscar en mi pequeña biblioteca privada un libro que compré y que leí hace varios años. Se trata de una obra investigativa que se publicó por primera vez en Inglaterra en 1989, con el extraño y poco revelador título de “Señores de la Pobreza”. Sin embargo, su subtítulo, “El poder, prestigio, y corrupción del negocio de la ayuda internacional”, sí que insinúa claramente el fondo de su bien documentado y deprimente contenido.
El autor del libro es el británico Graham Hancock, quien en los muchos años que trabajó como consultor del Banco Mundial, tuvo oportunidad de conocer íntimamente y de primera mano, el “negocio” de la ayuda internacional. Opinando sobre ese tema y sobre las legiones de consultores, o “señores de la pobreza”, que medran en ese negocio, dice Hancock: “la función principal de la ayuda en los últimos cincuenta años ha sido crear y atrincherar a una poderosa nueva clase de gente rica y privilegiada. En ese notorio club de parásitos y pegostes compuesto por las Naciones Unidas, el Banco Mundial y las agencias bilaterales, es la ayuda -y nada más que ella- la que ha producido cientos de miles de ‘trabajos para los muchachos’, y la que ha permitido que puedan establecerse nuevos récords en lo que se refiere a comportamientos autocomplacientes, a arrogancia, a paternalismo, a cobardía moral, y a mendicidad”. Una opinión dura -¡qué duda cabe!- pero que el prestigioso diario estadounidense The Wall Street Journal aprueba. Dice el Journal: “Las principales conclusiones de Hancock cuadran sólidamente con sus evidencias”.
Ahora bien, ¿qué tiene que ver el contenido de ese libro con los ingresos “por consultoría” del Dr. Durán? Mucho. El señor Durán es parte integral de esa legión de consultores que se reparten con cuchara grande y sin el más mínimo recato ni pudor, el grueso de la “ayuda internacional”, y en nombre de los pobres, por supuesto. Como se sabe, el Dr. Durán, además de recibir 23,000 dólares mensuales de sueldo, recibió en unos pocos meses la escandalosa suma de 225,000 dólares en concepto de consultoría por su participación en un programa de “Fortalecimiento del Banco Central de Nicaragua”. Otros 6 privilegiados “señores de la pobreza”, todos ellos extranjeros, si no me equivoco, se repartieron más de un millón de dólares del mismo paquete, mientras que un grupo de 15 consultores -también extranjeros, con la excepción quizás de unos dos de ellos- se llevaron 328,000 dólares.
El problema que hay en todo esto es que de seguro que el trabajo que se hizo para “fortalecer” al Banco Central no valía la cantidad de plata que se pagó por él. Y me atrevo a afirmarlo sin temor a equivocarme. Lo que sucede es que desde que se empiezan a estructurar ese tipo de programas financiados con préstamos de instituciones financieras internacionales, como el BID en este caso, se pone en movimiento toda una dinámica de corrupción estructural que implica la repartición de una buena porción del financiamiento entre unos cuantos consultores. Y lo que hace posible tal cosa es que se trata de préstamos otorgados al Gobierno, en los que todos nosotros, los ciudadanos comunes y corrientes, somos los deudores, pero que no tenemos absolutamente nada que decir en la decisión de cómo asignar el producto de los mismos.
Podemos estar seguros de que cuando una empresa privada -es decir, con dueños de verdad- contrata un préstamo para pagar una consultoría, no pagará ni un centavo más allá de lo que realmente vale el trabajo. La razón para eso es simple: a los socios de la empresa les cuesta el dinero y no están dispuestos a dilapidarlo. Pero cuando se contrata un préstamo en nombre del Gobierno, quienes lo piden no son quienes tienen que pagarlo, y encima de eso tienen la posibilidad de autocontratarse como consultores para beneficiarse del mismo. Se produce entonces una situación perversa que tiene como resultado el uso deficiente del préstamo en el mejor de los casos, o su completa y absoluta inutilidad en el peor de ellos.
Debo de admitir que este es un problema difícil de corregir, ya que las instituciones financieras internacionales son parte integral e importante del mismo. De lo que sí estoy seguro es de que esos “señores de la pobreza” contribuyen grandemente a que “los pobres siempre estén entre nosotros”.
El autor es miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA, y catedrático de la Universidad Thomas More.