José Gutiérrez Pantoja
El título de este artículo puede sospechar un ataque más a la soberanía del poder espiritual de la Iglesia. Pero esto no es así, y me mueve a escribir sobre el tema, en vista de que nuestra clase politiquera interpreta en mala forma el Evangelio de San Mateo ‘Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.
Estas palabras sentaron para el mundo occidental dos esferas sociales. La Iglesia y la sociedad política señaladas en un texto del Evangelio de San Lucas, que fue el punto de partida de la célebre teoría de las dos espadas. El Papa San Gelacio I en el siglo V expresó que la Iglesia tenía una doble potestad: La potestad temporal y la Potestad espiritual.
Esto motivó el problema de delimitar los campos de actividad y al no existir uniformidad en ello, comenzó la lucha del pensamiento político a lo largo de la Edad Media, luchas que fueron entre el Pontificado, el Imperio, los Reyes y los señores Feudales.
Posterior a éste vino la lucha entre Bonifacio VIII y Federico El Hermoso, que puso a la Iglesia completamente separada del Estado. La querella de la investidura, dio origen a un caudal de doctrinas políticas, unos a favor de la supremacía y de la potestad política del emperador y los reyes, la otra a favor de la potestad del Papa.
Esta posición ha generado desde tiempos atrás un principio que nace de los politiqueros, de que la Iglesia no tiene que meterse en el quehacer político de los pueblos, que el poder político de la Iglesia es exclusivamente en sus asuntos eclesiásticos.
De esta manera se ha generado mucha herejía, cuyos motivos han sido políticos, en el fondo ha significado una autonomía del Estado, incluso en materia religiosa, absorbiendo de esta manera el Estado los asuntos religiosos y el objeto final ha sido que los politiqueros quieren arrojar a la Iglesia de sus fronteras.
Sin embargo, desde la Revolución Francesa y la mitad del siglo XIX, se ha visto por la corrupción de la sociedad, la necesidad de la Iglesia de meterse a defender las esencias del hombre, para señalar con dedo acusador a los que han tratado de destruir la doctrina del amor, y regresar al hombre al primitivo estado, donde no tenía la definición filosófica de persona.
La función de la Iglesia es primigenia en el sentido de velar no sólo por la parte material del hombre, sino por aquello que lo diferencia de un hermoso animal, que es lo espiritual, que afirma la dignidad y la igualdad de los seres humanos, y la libertad de conciencia frente a la organización política.
La política sectarista de los grupos ha pretendido influir en la conciencia del ciudadano de que lo que interesa de él es sólo lo material y que el espíritu nada tiene que ver con el hombre; sin embargo, Cristo le dijo a sus discípulos: “Id y predicad a las masas la buena nueva” y con ello el axioma que en adelante el hombre era persona.
Si clericalismo significa injerencia del clero en la política militante de un pueblo, se debe a que la Iglesia como Madre y Maestra no puede por temor, abandonar al hombre cuando la potestad del político o del Estado está por encima de sus valores.
Los politicastros de nuestro medio, hechos de clavo y regla y en la barricada del grupo político, no entienden que la Iglesia no sólo se defiende de la herejía, sino que sacerdotes y laicos católicos no podrán jamás menospreciar, ni menoscabar el sentido de sus poderes y de su responsabilidad, la Iglesia es la eterna combatiente contra las trincheras del mal y del error, la centinela verdadera de la persona humana en el sentido en que la entiende la Iglesia de Cristo.
Es simpático ver en nuestro medio que algunos anticlericales catedráticos toman posiciones en contra de la jerarquía que defiende al hombre; esta posición es quizás por esnobismo o por adquirir mendrugos de poder, pero a la hora del cataclismo van corriendo a guarecerse bajo los aleros de la Iglesia mientras pasa la tempestad.
Sería bueno que clericales y anticlericales en este país adquieran conciencia del cambio que la Iglesia señala como Maestra, que el hombre no puede ser abandonado a merced de una corrupción política, porque sería la bellaquería más grande de los que se llaman anticlericales, comunistas y no comunistas.
La intervención activa, eficaz y decisiva de la Iglesia, de los sacerdotes y de los católicos, en la vida política y pública de un país, y en especial el nuestro, es un derecho y un deber indeclinable y esto no significa que no se le esté dando al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios, mientras la comprensión llegue a todas las mentes y conciencias me permito recordarles que mañana será otro día.