- La corrupción y la pobreza bochornosa parecen anunciar la nueva aurora del comandante Ortega, con el récord impecable de sus desvaríos totémicos.
Alvaro Lacayo Argüello
El teatro “brechtiano” del absurdo cautivó nuevamente el proscenio del planeta con el último gran acto operático del siglo XX, que bajo el título de Gore vs Bush y desde el altar mayor de la democracia en el Potomac mantuvo en suspenso a la aldea global durante más de 30 días, y tambaleó el andamiaje de la Suprema Corte, al poner en carne viva las frágiles estructuras de un sistema electoral anacrónico, anclado en una realidad social dieciochesca.
A nuestras espaldas se desentumen los espasmos de un siglo barbárico que se envileció hasta la náusea con la “guerra frívola” entre el terror vesánico y la reificación del homo sapiens y con su gran final, en tempo lento y sin brío que ha tenido con resultado la más escalofriante pauperización de la que jamás se haya tenido conocimiento en tiempos de paz: sesenta por ciento de la humanidad sin atención médica básica, setenta por ciento de los 40 millones de centroamericanos viven en miseria extrema, más del cincuenta por ciento de los nicaragüenses sin empleo y casi un millón de niños pinoleros sin acceso a las aulas de educación básica.
En la alborada del tercer milenio, con el hombre puesto en la luna y los misiles en el vientre de Saddam, preocupa nuestra indolencia ante las llagas sociales de la pobreza que parece haberse empeñado en remacharle el último clavo al catafalco de la Democracia.
Nuestra memoria, lapidaria y efímera parece sumergirse en la amnesia total y borrar de nuestras mentes los recuerdos frescos de un hemi-siglo XX alienante y enfermizo, como si a los nicaragüenses nos hubiera invadido el Alzheimer.
Nos ha tocado ser testigos de un último lustro caracterizado por el reconocimiento público y dignificante de los grandes errores históricos: Juan Pablo II ha pedido perdón por los seiscientos años de Inquisición, el Presidente Clinton reconoció en Guatemala responsabilidad de su país en la violencia de las últimas décadas, Yeltsin presidió el sepelio del último zar de Rusia y Putin el primer acto de contrición ante la carnicería del Stalinisino.
El tono de mea culpa de los grandes líderes del momento invita a la reflexión. No cabe duda que la democracia corre peligro si no somos capaces de resolver las desigualdades y carencias derivadas de la pobreza ampliamente extendida en la región. El salto de la miseria al desarrollo humano sólo es posible mediante cambios estructurales de gran calado, que ofrezcan una batalla frontal contra la corrupción, que facilite estímulos para la producción e inspire confianza a los inversionistas, ya que al esfumarse el fantasma del comunismo la corrupción es el principal obstáculo para el desarrollo y el fortalecimiento de nuestras endebles democracias.
Según Jorge Luis Borges, el olvido no existe, puesto que si olvidamos algo, ese algo siempre tiene un contenido, olvidamos un rostro, una palabra o un aniversario, por lo tanto, nos dice Borges el olvido tiene las características del mito y es asimismo encubridor. En este siglo XXI nuestra memoria parece haber sido invadida por el olvido mítico de Borges y como la película en cámara lenta que describe Cortázar en el epílogo de Roque Dalton, van apareciendo ante nosotros los síntomas de un Continente que parece afectado de Alzheimer global: Alan García, reaparece en el Perú con el espectro de su populismo fatídico, Ríos Montt preside la Asamblea guatemalteca todavía con los cuerpos tibios de los Mayas, en Venezuela la corrupción alucinante de Pérez y Caldera entroniza al bolivariano Coronel Chávez, y como si esto fuera poco en Nicaragua, la corrupción y la pobreza bochornosa parecen anunciar la nueva aurora del comandante Ortega, con el récord impecable de sus desvaríos totémicos.
* El autor es neurólogo siquiatra.