Carlos Montaner
Hace pocas semanas un padre nicaragüense de mediana edad, Ricardo Dávila, fue condenado a cadena perpetua por torturar a su hijo de 12 años. Su mujer, Josefa, la madre del niño, recibió una sentencia de 89 años. El juicio se llevó a cabo en la ciudad de Miami, donde vivía la desdichada familia. Las pruebas esgrimidas contra el matrimonio eran tan contundentes como los golpes y atropellos recibidos por el pequeño: a lo largo de varios meses, le partieron huesos de la cara, le fracturaron los de las manos, le arrancaron varias uñas de los pies y le untaron picante en los ojos. El propósito de aquellos bárbaros castigos era disciplinarlo, y no porque el muchacho fuera especialmente díscolo, sino porque sus padres suponían que los hijos debían obedecer inmediatamente y sin vacilaciones las instrucciones de los mayores. Cuando el crío -por ejemplo- se resistía a comer lo que le indicaban, era forzado a tragarse su propio vómito y restos de comidas descompuestas.
No sigo con la lista de atrocidades. Más allá de esa descripción sólo queda el morbo. Es otro aspecto el que quiero examinar. De acuerdo con la descripción que leo en la prensa, la pareja condenada no estaba formada por sicópatas entregados a una perversa forma de sadomasoquismo, ni por alcohólicos o crakeros que actuaban bajo los efectos o la ausencia de las drogas. Se trataba de un matrimonio laborioso y tranquilo, con un nivel bajo de instrucción, carente de antecedentes penales, aparentemente cristiano, decidido a poner en práctica dos de los más crueles y estúpidos refranes de nuestra cultura popular iberoamericana: «quien bien te quiere, te hará llorar». O el otro, que hasta rima burlonamente: «Zurrar la badana/ no hay cosa más sana./ Daña hoy y aprovecha mañana».
Estamos ante un caso extremo de la peor pedagogía subyacente en nuestra tradición cultural. «La letra con sangre entra», decían los viejos maestros, y por medio de sopapos y humillaciones enseñaban sus materias a los niños. ¿Hace cien años que eso no ocurre? Falso. En mi infancia, hace cuarenta, además de las esporádicas bofetadas, existía el método de arrodillar a los estudiantes sobre arroz o el de colocarles peso en las manos mientras mantenían los brazos extendidos. Hace sólo veinte que saqué a mi hijo de una notable escuela de frailes madrileños cuando un maestro laico -palabra que, en sus orígenes, lapidus, piedra, era sinónimo de estúpido-, sin recibir por ello ninguna clase de sanción, de un brutal tirón de orejas le desprendió el tímpano o no sé que huesecillos a otro niño de su clase. Era un maestro orbiliano, como señalan los textos de pedagogía. Orbilio fue el feroz preceptor de Horacio, el gran escritor y hombre público de la Roma clásica, y a golpes de férula -una durísima y flexible caña o vara-, dejándoles las manos hinchadas y ensangrentadas, enseñó a redactar a quien luego y por siglos sería el modelo de la lengua latina.
Desgraciadamente en América se mezclaron dos formas terribles de atropellar a los niños. La que por su cultura latina traían los europeos y la que practicaban los indios. El señor Dávila no inventó ese curioso método de tortura que consiste en aplicar picante en los ojos de los niños. En el México de los aztecas, los campesinos pobres, los mecehualtin, encargados de la educación de sus hijos -las castas superiores tenían escuelas exclusivas-, además de golpear salvajemente a sus descendientes, los exponían al humo de ciertos chiles calentados al fuego para que sintieran una profunda ardentía en los ojos. Nada es nuevo bajo el sol: y mucho menos la barbarie.
La consecuencia de esta suma de crueldades no ha sido resuelta en ninguna de nuestras sociedades. Conozco padres que se vanaglorian de golpear con correas a sus hijos, o de «partirles la boca» de un revés si dicen algo inconveniente u ofensivo. Hay muchos en España y en América. Son los partidarios de imponer la autoridad por medio del terror. Como en el viejo derecho de griegos y romanos, pareciera que los hijos todavía siguen siendo sus cosas, propiedades sobre las que, «por el bien del niño», o por proyectar el poder que tanta satisfacción les causa, pueden ejercer cualquier clase de violencia física o emocional.
Tras el juicio y sentencia del matrimonio Dávila, habrá, creo que pronto, una apelación. Los delitos, es cierto, fueron horrendos, pero la sentencia me parece desproporcionada. La cadena perpetua del padre o los 89 años de la madre son penas excesivas. No son dos monstruos vesánicos sino un par de imbéciles bestiales. Y el matiz es muy importante. Los primeros no tienen arreglo. Los segundos, sí. Era escalofriante descubrir la perplejidad del matrimonio ante la reacción de la sociedad o ante los sollozos de los miembros del jurado. Fue entonces, en medio del juicio, cuando cobraron verdadera conciencia de la barbaridad que habían cometido. Pero más conmovedora aún fue la reacción del hijo: le pidió clemencia al juez y le aseguró que, por encima de todo, él quería a sus padres y estaba seguro de que era una emoción recíproca. Si ese pobre muchacho, además de llevar las cicatrices corporales, debe cargar para siempre el sentimiento de culpa que inevitablemente se deriva de ver envejecer y morir en la cárcel a sus padres, la «justicia» va a destrozarlo para siempre. Ojalá que acabe por prevalecer un poco de sentido común y un poco de piedad. Esa familia no necesita más golpes. [©FIRMAS PRESS, Madrid]