El asesinato del ex coronel de la Guardia Nacional y antiguo líder militar (Comandante 3-80) de las fuerzas armadas de la Resistencia Nicaragüense, Enrique Bermúdez Varela, ocurrido el 16 de febrero de 1991 (hoy hace 10 años) permanece sumido en el “misterio” y sus asesinos siguen amparados en la impunidad.
Para las autoridades gubernamentales y la historia oficial, Enrique Bermúdez Varela ahora es sólo un expediente en los empolvados archivos del Departamento de Investigaciones Criminales de la Policía Nacional, clasificado como “Caso 0217-91” y titulado: “Expediente en búsqueda de culpables”.
Pero, ¿quiénes son y dónde están los culpables? ¿qué hicieron al fin las autoridades policiales y judiciales por identificar, ubicar y castigar a esos “misteriosos” culpables? ¿y cómo iba a ser posible que el asesinato del líder más importante de los combatientes militares contra el sandinismo lo esclarecieran unas autoridades policiales y judiciales provenientes del mismo sandinismo?
En realidad, el asesinato hasta ahora impune del ex comandante militar de la Contra fue un baldón para el gobierno democrático de Violeta B. de Chamorro. Y fue también el más peligroso acto de sabotaje y provocación contra el proceso de reconciliación y pacificación nacional, proceso en el que Bermúdez participó activamente y dio un aporte invaluable que la nación debe reconocer perennemente.
Sin dudas que el asesinato de Enrique Bermúdez Varela no fue una acción individual ni aislada, aunque fuera ejecutado por una sola persona. Por el contrario, fue consecuencia de una conspiración de siniestras ramificaciones cuyos despiadados tentáculos liquidaron a más de 200 líderes y otros combatientes de la Resistencia Nicaragüense, después de que éstos se desmovilizaron y desarmaron para poner fin a la guerra civil y permitir el comienzo de la democratización de Nicaragua.
Por otro lado, como ha ocurrido con casi todos los grandes crímenes políticos de la historia, los asesinos de Enrique Bermúdez han quedado en la impunidad, que significa, como sabemos, falta de reparación del daño causado, y cuya consecuencia más peligrosa radica en que la sociedad puede llegar a aceptarla como algo normal, con lo que se ha de convivir siempre e inevitablemente. Y aceptar la impunidad conduce a la degradación y el envilecimiento de la convivencia política y social.
Ahora bien, la demanda de que se descubra el misterio que envuelve y protege el asesinato de Enrique Bermúdez Varela, no debe considerarse como un afán de venganza, ni de querer reabrir las heridas y enconar los agravios de la violencia y la guerra. Muy bien se sabe que avivar los odios del pasado impide la reconciliación nacional y mantiene al país en una permanente inestabilidad y polarización. Sin embargo, mientras no brille la verdad ni se haga justicia alrededor de muertes que no fueron resultado de los combates armados sino alevosos y cobardes asesinatos, los odios y resentimientos acumulados no van a desaparecer y seguirán carcomiendo la moral pública y socavando las bases de la precaria institucionalidad democrática del país.
Ciertamente, dejando a un lado los discursos exaltados de los políticos y propagandistas extremistas de izquierda y derecha, es evidente que los nicaragüenses hemos comprendido que no se puede vivir con la permanente angustia causada por los recuerdos del conflicto fratricida y la memoria de los muertos; y que la plena reconciliación se alcanzará cuando los antiguos enemigos mortales entiendan las razones de sus adversarios, y acepten compartir el duelo por sus respectivos muertos y deudos, pero no con el fin de coludirse en pactos perversos por el reparto del botín del Estado, sino para construir una sociedad basada en la confianza común, en el respeto a las reglas de la convivencia democrática y en los principios y valores morales personales y públicos.
Perdón y reconciliación no significan impunidad ni olvido. El perdón sólo es eficaz si parte del reconocimiento de la verdad, si es iluminado con el resplandor de la justicia y se funda en el sincero arrepentimiento. Por eso, mientras casos como el asesinato de Enrique Bermúdez Varela sigan en el “misterio” y la impunidad, el cainismo continuará atormentando el alma de la nación e impidiendo su verdadera y necesaria reconciliación.