Ministerio de Predicación “Madre de la Nueva Alianza”
“El séptimo mandamiento (de la ley de Dios: ‘No robarás’, Ex 20,15; Dt 5,19; Mt 19,18) prohíbe tomar o retener el bien del prójimo injustamente y perjudicar de cualquier manera al prójimo en sus bienes. Prescribe la justicia y la caridad en la gestión de los bienes terrenales y de los frutos del trabajo de los hombres. Con miras al bien común exige el respeto del destino universal de los bienes y del derecho de propiedad privada. La vida cristiana se esfuerza por ordenar a Dios y a la caridad fraterna los bienes de este mundo” (Catecismo de la Iglesia Católica, 2401).
No digamos que el Catecismo de la Iglesia Católica hace una nueva interpretación del séptimo mandamiento (no robarás), sino más bien esforcémonos por tener la suficiente valentía de descubrir el verdadero sentido de tal mandamiento que todos aprendimos en la clase de catecismo cuando íbamos a recibir la primera comunión, pero que no nos lo interpretaron, y nos quedamos únicamente con sentido de no tomar lo que no era nuestro y punto. Pero va mucho más allá.
Muchas veces podemos llegar a pensar que porque se vive en este mundo y porque de algún modo se debe vivir, se puede justificar la adquisición desordenada de bienes o, peor aún, la metodología que se utilice para El Concilio Vaticano II dirá que “Dios ha destinado la tierra y cuanto ella contiene para uso de todos los hombres y pueblos. En consecuencia, los bienes creados deben llegar a todos en forma equitativa bajo la égida de la justicia y con la compañía de la caridad” (Gaudium et spes, 69). Lo que nos señala la intención divina de que los seres humanos sean equitativos en la posesión de tales, y que esa misma posesión de bienes debe de servirles para ayudar a otros. Pues, todos tienen “derecho a poseer una parte de bienes suficientes para sí mismos y para sus familias” (ídem.)
Todo ello nada tiene que ver con el uso desmedido y desordenado de los bienes que tienen unos pocos. Utilicemos, porque es oportuno, aquella frase: hay pocos que tienen muchos y muchos que tienen poco. Es más, con el correr del tiempo da la sensación que son menos los que tienen muchísimo y que son cada vez más los que no tienen nada.
Por ello “en materia económica el respeto de la dignidad humana exige la práctica de la virtud, de la templanza, para moderar el apego a los bienes de este mundo; la justicia, para preservar los derechos del prójimo y darle lo que es debido; y de la solidaridad, siguiendo la regla de oro y según la generosidad del Señor, que ‘siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriqueciérais con su pobreza’ (2Cor 8,9)” (Catecismo de la Iglesia Católica, 2407).
Solidaridad para que el otro pueda subsistir por sí mismo sería importantísimo, no solidaridad para que el otro parezca esclavo nuestro, dependiente de nuestras migajas, de lo que nos sobra, tal vez por temor a que sea libre y piense, y actúe.
Solidaridad que no es robar a unos para que otros tengan, pues “toda forma de tomar o retener injustamente el bien ajeno, aunque no contradiga las disposiciones de la ley civil, es contraria al séptimo mandamiento” (Catecismo de la Iglesia Católica, 2409).
Habría que pensar de dónde se origina esa sed desesperada de poseer y esa falta de solidaridad. No hay que dejar de lado que el pecado juega un papel importantísimo para que el ser humano olvide que el otro es su hermano y que lo que hagamos a nuestro hermano se lo hacemos a Jesús (Mt 25, 31-46). ¿Nos interesa eso?