- Castro odia el hecho de que este notable escritor, presidente de los checos, en varias ocasiones haya subrayado el deber moral que tienen las víctimas del comunismo que conquistaron la democracia con quienes todavía no han conseguido hacerlo
Carlos Alberto Montaner*
Dos checos muy prominentes han sido detenidos por la policía política en Cuba. Se trata del diputado y ex ministro de Finanzas, Ivan Pilip y de un famoso líder juvenil, Jan Bubenik. Se les acusa de conspirar con algunos disidentes cubanos con el objeto de derrocar al régimen de Castro, la última dictadura comunista de Occidente. Fueron apresados en un pequeño pueblo del oriente de la Isla cuando conversaban pacíficamente con dos demócratas de la oposición, Antonio Femenías y Pedro Valdivia. Por supuesto, la policía no ocupó nada que pudiera constituir un delito. Los checos, sencillamente, intercambiaban información con los cubanos. Ellos aprendían la modalidad de estalinismo que impera en Cuba desde hace más de cuarenta años, mientras les contaban a sus interlocutores cómo había sido la transición checa, aquella inolvidable revolución de terciopelo que estremeció al mundo en 1989. Era una forma gallarda de ejercer la solidaridad con los perseguidos políticos cubanos y, también, por qué no, de responder simbólicamente, treinta y tres años más tarde, al apoyo tan cobarde como entusiasta que le dio Castro a la invasión soviética de Checoslovaquia en 1968. Probablemente, la presión internacional obligue al gobierno cubano a poner en libertad a estos dos inocentes.
Tras el ilegal apresamiento de los checos ha sucedido lo previsible: protestas internacionales, condenas en los periódicos más importantes del planeta y una creciente ola de desprecio contra un gobierno que se comporta de esa manera tan bárbara. ¿Por qué Castro ha ordenado una medida tan contraproducente? Las razones son varias. La primera, es su temor a que el triunfo de Bush traiga consigo un mayor incremento en la ayuda internacional a los demócratas cubanos. Durante la campaña se dijo que había que hacer con Cuba lo que Reagan hizo con Polonia: ayudar a los disidentes a conquistar pacíficamente sus libertades. Castro está enviando un clarísimo mensaje: «no me importa el precio que haya que pagar por mantener el modelo comunista».
¿Por qué escogió a los políticos checos como ejemplo de su determinación de sostener la dictadura a cualquier costo? Al fin y al cabo, lo que hicieron estos políticos checos lo han hecho también los españoles, los panameños, los mexicanos, los venezolanos, los americanos y otra media docena de representantes de diversos países del mundo libre. Vaclav Havel es una de las causas. Castro odia profundamente a Havel. Le molesta su enorme prestigio internacional, su liderazgo ético, y el hecho de que este notable escritor, presidente de los checos, en varias ocasiones haya subrayado el deber moral que tienen las víctimas del comunismo que conquistaron la democracia con quienes todavía no han conseguido hacerlo. Consecuentemente, Praga, en los últimos dos años, con el respaldo firme del gobierno polaco, ha propuesto y logrado la condena de Cuba en el comité de Derechos Humanos de Naciones Unidas. Y el objetivo de Castro no es impedir que este año vuelva a ocurrir lo mismo -lo que no le importa demasiado-, sino responderle violentamente a Havel. Las dictaduras personales son así: también personalizan los odios y las filias. En su retorcido análisis de la realidad, no se trata de un enfrentamiento entre la democracia y el comunismo, sino un combate singular entre él y Havel. Más aún, entre el Este de Europa que abandonó y derrotó el comunismo y él, que se mantiene erguido resistiendo los embates de-la-gran-traición. Retando a Havel está vengando a Ceaucescu, a Zhikov, al loco Hoxa. Pero ahí no se detiene su delirio, ésta es también una lección a Gorbachov, el canalla que se entregó a la CIA, al borracho Yeltsin, incluso a Putin, quien tras su último viaje a Cuba le pareció un despreciable oportunista, sólo porque el presidente ruso no se dejó reconducir a absurdas posiciones antioccidentales. Así son los sicópatas narcisistas, sólo pueden ver el mundo desde una relación de poder y dominio, de victoria y derrota.
Nada de lo que afirmo en este artículo es distinto a lo que piensa y dice en voz muy baja, siempre temerosa de los micrófonos, la estructura sobre la que se sostiene Castro. La hipocresía y una sensación de impotencia y miedo mantiene en silencio a los parlamentarios, a los diplomáticos, a los jerarcas del partido, a los militares. «¿Qué quieren que haga -le dijo desesperado Ricardo Alarcón, presidente del parlamento cubano, a un amigo común de él y mío- que me suicide políticamente»? El miedo lo ha paralizado. Todos saben que viven bajo la caprichosa autoridad de un viejo terco al que la creciente senilidad le va afilando los peores defectos. Y todos callan, cobardemente, a la espera de que la biología les quite de encima a una persona por la que sienten la más ambivalente de las emociones: la gratitud porque les da poder, junto al odio más profundo, porque ese poder no es más que otra forma encumbrada de obedecer en silencio, aplaudir las peores estupideces y aguantar con una sonrisa toda clase de humillaciones.
Hace unos años Havel tuvo la bondad de recibirme en Praga para hablar del futuro de Cuba y de la entonces recién estrenada democracia checa. Me dijo cosas muy inteligentes. Cuando nos despedimos le di las gracias en nombre de los demócratas cubanos, especialmente de los que estaban en las cárceles. Me contestó algo muy hermoso: «un disidente cubano preso es también un checo encarcelado». Hoy son dos valientes checos los que están en las cárceles cubanas. De alguna manera, los demócratas del mundo entero están junto a ellos. Hay que salir a defenderlos. [©FIRMAS PRESS]