Cuando el sandinismo estuvo en el poder entre 1979 y 1990 demostró poseer una capacidad formidable de destrucción que se sintió en todos los ámbitos de la vida nacional. A pesar de que en los primeros años de la revolución sandinista proclamó el slogan, “levantemos la producción”, su cansada repetición no impidió la espiral descendente que tomó la economía nicaragüense tan pronto el poder revolucionario agarró las riendas políticas del país.
El sandinismo inventó una excusa para justificar la hecatombe económica de los años ochenta: “La guerra que nos impuso Estados Unidos”. Pero los sandinistas más pensantes saben que eso no es cierto, y algunos de ellos, especialmente sus precandidatos a la Presidencia de la República, se ven obligados a buscar otras justificaciones más creíbles. Ninguno se atreve, sin embargo, a reconocer que la catástrofe económica se debió simple y llanamente a la aplicación de una receta infalible para el fracaso: las políticas económicas socialistas y la eliminación de la libertad.
Tan pronto como tomó el poder, en 1979, el FSLN empezó a montar una ofensiva implacable contra la libertad individual, contra la libertad de expresión y contra la propiedad privada. Nada de eso estaba escrito en el Programa de Gobierno, el Estatuto Fundamental y el Estatuto de Derechos y Garantías, que fueron los instrumentos programáticos y jurídicos con que los sandinistas llegaron al poder, sino que fue decidido en la famosa “encerrona de las 72 horas” (21, 22 y 23 de septiembre de1979), en la que delinearon la estrategia para la construcción del socialismo en Nicaragua. Los teóricos del sandinismo y sus asesores extranjeros estaban convencidos de que la propiedad privada y las “libertades burguesas” eran escollos que debían eliminar para construir la sociedad socialista. La propiedad estatizada, junto con la planificación y la dirección centralizadas —según ellos— serían los sustitutos de aquéllos. Esa receta, y no la guerra, fue la que determinó el inevitable fracaso económico, social y político de Nicaragua.
Los años han pasado y muchos olvidaron lo triste y amargo que fue vivir bajo el régimen de los nueve comandantes que presidía el señor Daniel Ortega Saavedra. Dos de los actuales aspirantes a la Presidencia de la República por el FSLN, el doctor Alejandro Martínez Cuenca y el diputado Víctor Hugo Tinoco, tratan de persuadir al electorado de que un gobierno sandinista bajo su dirección sería muy diferente a lo que fue en el pasado. Pero lo que ofrecen estos señores es más de lo mismo que hubo en los años ochenta del siglo pasado.
El Dr. Martínez Cuenca se excusa diciendo que él sólo era Ministro de Comercio Exterior y que la economía era manejada por muchas personas, incluyendo a un buen número de extranjeros. Lo que no puede ocultar este precandidato es la desconfianza que siente por el libre mercado, la que puso de manifiesto en una comparecencia televisiva el 30 de noviembre del año pasado con frases tales como “el mercado no hace justicia” y “el mercado no ha resuelto el problema de la producción”.
El diputado Tinoco, por su parte, decía el domingo pasado que bajo un nuevo gobierno sandinista el Estado no competiría con el sector privado, que lo único que haría el FSLN sería “concertar con el sector privado la regulación del mercado.” ¿Estará consciente el diputado Tinoco del poder destructivo de una idea como la expresada por él? El libre mercado, que es la base material de todas las libertades y la característica de todos los países que disfrutan de un alto grado de bienestar económico, no puede ser sustituido por la supuesta justicia de los planificadores ni por la alegada sabiduría de un grupo de conciliadores sin que el resultado sea el incremento generalizado de la pobreza.
Quienes en el fondo tienen sentimientos y convicciones socialistas viven con la ilusión de que el mercado puede ser “corregido” o “humanizado” mediante la intervención del Estado. No comprenden que el mercado no es más que la libertad individual de producir, consumir, intercambiar y servir sin coerción ni privilegios y que es un instrumento de incomparable efectividad para crear riqueza y libertad para todos.