MINISTERIO DE PREDICACIÓN “MADRE DE LA NUEVA ALIANZA”
Aunque pareciera que a estas alturas de nuestro tercer milenio no hiciera falta definir qué es un laico, creo que siempre es actual que demos el concepto, por aquellos muchos que no lo saben y que aún preguntan. El Código de Derecho Canónico dirá que “Son fieles cristianos quienes, incorporados a Cristo por el bautismo, se integran en el pueblo de Dios, y hechos partícipes a su modo por esta razón de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, cada uno según su propia condición, son llamados a desempeñar la misión que Dios encomendó cumplir a la Iglesia en el mundo” (n. 204,1). Más adelante dirá que “Por institución divina, entre los fieles hay en la Iglesia ministros sagrados, que en el Derecho se denominan también clérigos; los demás se llaman laicos” (n. 207,1).
Pero es más específico el número 31 de la Lumen Gentium que es presentado al mismo tiempo por el Catecismo de la Iglesia Católica en el número 897: “Por laicos se entiende aquí a todos los cristianos, excepto los miembros del orden sagrado y del estado religioso reconocido en la Iglesia. Son, pues, los cristianos que están incorporados a Cristo por el bautismo, que forman el Pueblo de Dios y que participan de las funciones de Cristo. Sacerdote, Profeta y Rey. Ellos realizan, según su condición, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo”. En ese mismo número se nos dan las líneas de acción del laicado cuando nos dice que: “Los laicos tienen como vocación propia el buscar el Reino de Dios ocupándose de las realidades temporales y ordenándolas según Dios… A ellos de manera especial les corresponde iluminar y ordenar todas las realidades temporales, a las que están estrechamente unidos, de tal manera que éstas lleguen a ser según Cristo, se desarrollen y sean para alabanza del Creador y Redentor” (Catecismo de la Iglesia 898, Lumen Gentium 31).
¿Qué es el laico entonces? Conceptualmente ya lo hemos definido. Prácticamente ¿qué podríamos decir? El laico muy poco conoce su misión dentro de la Iglesia y su relación con el mundo. En cierta forma ha habido últimamente una “globalización” del secularismo. Así como hemos presentado los algunos documentos de la Iglesia, podemos ver la urgente necesidad de Cristo que tienen algunos ambientes de nuestro mundo donde sólo los laicos pueden penetrar: la política, el trabajo, la diversión… Ambientes que han de ser evangelizados para dar una mejor respuesta existencial al hombre de hoy, creyente o no. De esta forma se es luz del mundo y sal de la tierra.
De esta forma “Los fieles laicos han de aprender a distinguir cuidadosamente entre los derechos y deberes que tienen como miembros de la iglesia y que les corresponden como miembros de la sociedad humana. Deben esforzarse en integrarlos en buena armonía, recordando que en cualquier cuestión temporal han de guiarse por la conciencia cristiana. En efecto, ninguna actividad humana, si siquiera en los asuntos temporales, pueden sustraerse a la soberanía de Dios” (Catecismo n. 912). Por lo cual hacer presente a Dios en algunos ambientes es tarea precisamente de los laicos. Pero, insistamos, el laico puede hacer un buen papel como evangelizador de lo temporal en la medida en que está realmente preparado para ello. Preparado por el kerigma, la catequesis, por una eclesiología firme y seria que ayude a tener criterios de su propio creer al laico y de su misión como creyente y miembro de la Iglesia, de su papel de evangelizador en ambientes donde solamente él puede penetrar.
Así, hablando de uno de los campos más difíciles de evangelización y de ser evangelizador, la política podríamos decir que “el cristiano que actúa en política -y quiere hacerlo «como cristiano»- ha de trabajar desinteresadamente, no buscando la propia utilidad, ni la de su propio grupo o partido, sino el bien de todos y de cada uno y, por lo tanto, y en primer lugar, el de los más desfavorecidos de la sociedad. En la lucha por la existencia, que a veces adquiere formas despiadadas y crueles, no escasean los «vencidos», que inexorablemente quedan marginados” (Juan Pablo II, 4 de noviembre de 2000). De esta manera, un mundo tan complejo como el de la política ha de tomar rumbos nuevos y distintos, los del Evangelio. El cristiano inmiscuido en política tiene que ser capaz de no dejarse llevar por todo aquello que es típico de esos ambientes, como la corrupción, sino que tiene que aprende a velar por el bien común.
Tantas tareas tiene el laicado de hoy que no necesita clericalizarse para vivir su fe, ni mucho menos quedarse como meros cristianos de banca, sino que tiene que ir mucho más allá, tiene que ser transformador de la sociedad en la que vive desde su fidelidad a Dios dentro de la Iglesia haciendo uso de los medios de santificación que lo hagan capaces de vivir en íntima conexión con lo que Dios espera de cada uno de nosotros.