¡Animo, hermanos nicaragüenses!

Jorge [email protected]

Y llegó por fin el año 2001, año que, en realidad, da inicio al tercer milenio y su primer siglo. Pero como los seres humanos aquí y en todas partes somos bastante impacientes, decidimos adelantar un año la celebración de tan trascendental evento, y toda la pompa y algarabía relacionada con él ocurrió en la madrugada del primero de enero del año recién pasado. Pero bueno, dirán algunos, y ¿qué importancia tiene todo eso? Ninguna, en efecto, y como muy sabiamente dice la canción… ya lo pasado, pasado es.

Lo importante del caso es que, gracias a Dios, estamos al inicio de un nuevo año que trae consigo, como todo comienzo, nuevas expectativas y nuevas esperanzas. De seguro que muchos de nosotros, a título personal, habremos formulado en los días pasados algunos propósitos y planes que pensamos implementar en este nuevo año que apenas empieza. Pues el momento de empezar a poner en práctica aquello que concebimos en nuestra mente es ahora, y es en esta etapa de ejecución en la que inevitablemente nos toparemos con las infaltables dificultades.

Para las personas de voluntad férrea y de carácter decidido, las dificultades no son más que aguijones que los motivan a redoblar los esfuerzos necesarios para alcanzar las metas que se han propuesto. Para otros menos constantes, la presencia de las primeras dificultades los desalienta y los hace desistir de sus propósitos. Lamentablemente, estos últimos son los más, y son quienes por su inconstancia nunca logran concluir nada de lo que inician. Dentro de este grupo es donde nos encontramos a las personas negativas, que todo lo ven negro, y que tratan de contagiar con su negativismo a cuantos los rodean.

Lo que ocurre a nivel personal ocurre también a nivel de países. Nicaragua se ha propuesto como meta vivir en democracia y libertad. Pero no cabe duda que el camino en libertad es arduo y exige sacrificios, y no son pocos quienes ante los escollos y reveses de ese camino, prefieren abandonarlo y buscar una especie de atajo hacia una seguridad que, aunque siempre esquiva, no deja de exigirnos en todo momento la cesión de nuestra libertad. Es lo que les pasaba a algunos miembros del pueblo judío del Antiguo Testamento que, después de haberse sacudido el yugo del faraón, encontraban el camino en libertad demasiado duro y anhelaban regresar al cautiverio de los egipcios. “Al menos allá comíamos cebollas…” decían.

Quienes así actúan tienden a creer que esa seguridad está en el Estado, y muy fácilmente sucumben ante los cantos de sirena de los que aseguran que si llegan a controlar el gobierno brotarán de él, como por arte de magia, abundantes ríos de leche y miel en todos los rincones del país. ¡Vana ilusión!, y completamente indigna, además, de cualquiera que valore a plenitud su condición de ser humano. La libertad, y me refiero a la libertad individual, que es la única que tiene sentido, no puede ni debe ser jamás sacrificada ante el altar de ninguna propuesta de falsa seguridad.

Ser libre individualmente significa también ser responsable. Significa además estar preparado para aceptar triunfos y derrotas. El que es libre afronta los retos con mayor coraje y decisión y no anda en busca de chivos expiatorios cuando las cosas le van mal, como tienden a hacerlo los que aman al papá Estado, y que siempre están tratando de encontrar un culpable para sus miserias y las del país en la globalización, en el imperialismo, en el mercado, en los capitalistas o en cualquier otro fantasma de su fértil imaginación.

Nicaragua necesita de gente trabajadora, constante y responsable. Necesita también de un gobierno honesto que respete las instituciones, la propiedad privada y la libertad individual, única fuente de ideas y de empresas generadoras de riqueza. Estamos en un año electoral. Es importante que abramos bien los ojos para que elijamos a un gobierno que tenga esas características, y para no caer en la trampa de los que con la flauta de Hamelin pretenden llevarnos de regreso a los horrores del pasado.

El futuro está en nuestras manos, y el que lo vivamos con mayor prosperidad y sin las ataduras de un Estado opresivo y asfixiante que sólo le permite respirar con holgura a la nomenklatura del partido, depende de nosotros. Así que ¡ánimo hermanos nicaragüenses! No desfallezcamos, y aportemos cada uno nuestro esfuerzo tesonero para construir la Nicaragua libre y próspera que todos deseamos. ¡Feliz año 2001!

* El autor es miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA y catedrático de la Universidad Thomas More.  

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